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viernes, 24 de febrero de 2012

El gran viaje de las tortugas


Cuando cumplen 25 años, las tortugas marinas regresan al lugar en que nacieron para desovar. Desde entonces, vuelven cada tres años. Cuando fuimos a la playa del centro de conservación de tortugas de Morong, al oeste de Manila, nos encontramos con la sorpresa de que la noche anterior habían nacido más de 100 crías. Los cuidadores las tenían en pequeñas cajas, a la espera de que llegaran los "sponsors", turistas que pueden acompañar a una tortuga en su viaje iniciático al mar por algo menos de un euro.

De nuestra visita dos meses antes y salió este reportaje sobre Manolo Ibias y sus amigos, antiguos traficantes de huevos que se reconvirtieron en conservacionistas. Manolo, que no duda en hablar de sí mismo como un antiguo criminal, se reconvirtió después de que el Gobierno y organizaciones ecologistas le hicieran entender el daño que hacía. También cuando le ofrecieron a él y a unos 25 compinches un medio de vida alternativo: ocuparse del centro de conservación resguardando los huevos de las garras de los furtivos. Al parecer, los huevos son muy apreciados en la zona y se pagan dos veces más caros que los de gallina. Cada noche, Ibias y sus amigos salen a patrullar la larga playa de Morong en busca del botín, que en lugar de vender como hacían antes, entierran en un pequeño cercado dentro del centro y protegen con una red de las garras (más bien pinzas) de los cangrejos.



El centro apenas recibe fondos de modo que Manolo y sus compañeros han ideado nuevas formas de obtener ingresos, como el patrocinio de una tortuga. Seguramente choque con los preceptos de los conservacionistas más ortodoxos, pero es fácil ser ortodoxo desde el sofá de casa y con un sueldo asegurado todos los meses. Como mucho mantienen las crías durante unas 15 horas, si no ha habido suficientes sponsors, las sueltan antes de la caída del sol.

La experiencia de acompañar a las tortugas en su viaje al mar es fascinante. Desde que nacen, las  crías  tienen un GPS incorporado en su diminuto cuerpo. Saben dónde está el mar, saben dónde tienen que ir y 25 años después, saben adónde tienen que volver a dejar sus huevos. Cuando teníamos a las tortugas todavía en la caja, notamos que todas avanzaban en dirección del mar, hasta que chocaban con la pared de plástico. Sabían dónde tenían que ir. Dimos la vuelta a la caja para intentar confundirlas, y ellas también se dieron la vuelta. Según he leído después, son capaces de detectar las variaciones en los campos magnéticos de la Tierra. Por más que lo pienso, me parece increíble que tengan la capacidad de saber dónde está el mar, a qué lugar tienen que ir y cuándo tienen que volver, igual que los salmones.

Un colaborador de Manolo nos acompañó con unas diez crías a unos cinco metros de la orilla, donde soltamos a los bichitos. Avanzan sin ningún titubeo, moviendo a toda prisa sus pequeñas aletas, dándose la vuelta inmediatamente cuando una ola les hace volcar en su tenaz avance hacia el océano, hasta que la corriente de una ola más grande las traga y comienzan a nadar. Al principio sacan la cabeza para respirar cada tres o cuatro segundos, después se van adaptando y aguantan sumergidas, siete, diez, 15 segundos. Si nos acercamos demasiado para seguir sus evoluciones, meten la cabeza y las aletas en el caparazón y reemprenden la marcha unos segundos después, imagino que también necesitarán algún descanso. Aunque las soltamos en grupo, cada una sigue su camino, todas nadan solas y se van adentrando en el océano, muy cerca de la superficie, hasta que es imposible seguirlas con la mirada. Inician un viaje de miles de kilómetros hasta algún arrecife de coral rico en alimento en el que se puedan instalar. Las que sobrevivan a este peligroso periplo no regresarán al lugar donde las dejamos hasta el año 2037.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Voces del desastre

Durante los próximos días, iré sacando pequeñas historias recabadas durante mi estancia de tres días en Cagayan de Oro, al sur de Filipinas, para cubrir las terribles inundaciones que han dejado más de mil muertos. En muchos casos serán simples apuntes pasados a limpio, que espero sirvan a alguien para conocer la magnitud del desastre que vive el país.


La niña
El primer grito, el que se te queda grabado para siempre, no tiene voz. Lo lanza una niña de 7 u 8 años que ya no puede gritar, ni reír, ni llorar, aunque cuesta poco imaginar sus alaridos y sus lloros mientras la riada la arrastraba durante varios kilómetros, quizá cinco, o diez, o veinte. Nadie lo sabe.
Es lunes 19 de diciembre y han  pasado casi tres días desde que la tormenta tropical Washi dejó una estela de destrucción por el norte de la isla de Mindanao, al sur de Filipinas. El cuerpo de esta pequeña sin nombre se descompone a  a la vista de todo el mundo, a la entrada del pequeño ayuntamiento del barrio Consolación, de la ciudad de Cagayan de Oro, la más afectada por el temporal debido a la súbita crecida del río Cagayan. "Las funerarias ya no aceptan más cadáveres porque están saturadas, la hemos tenido que dejar aquí a la espera de que alguien reclame su cuerpo, seguramente sus padres también perecieron en la riada", dice Cesar Pagapolaan, capitán del barrio.
La pequeña yace sobre una lona de plástico, a la intemperie, aunque le han cubierto la cara con una camiseta. Su cuerpo, rígido, cubierto de lodo, despide una peste nauseabunda que no impide que a algunos niños del vecindario se asomen para curiosear. Apenas se dan cuenta de lo que pasa, ven a un blanco con una cámara y saludan sonrientes. Es mi primer día cubriendo el desastre y estoy concentrado en mi trabajo, en recabar datos, opiniones, en sacar fotografías, vídeos. A menudo esa ocupación frenética te sirve también de parapeto, te empuja a seguir adelante en medio de la catástrofe. Pero esta vez el escudo se resquebraja y durante unos segundos, mientras miro ese cuerpo pestilente al que comienzan a acosar las moscas, tengo que dejar de tomar notas y fotografías y de hilar la historia en mi cabeza porque me entran ganas de llorar.




Rhabin
A la niña la encontraron en la montaña de escombros que se formó a unos pocos metros, a la orilla del río, donde un grupo de hombres siguen retirando listones de madera y trozos de latón doblados como acordeones porque tienen la certeza de que dos metros más abajo está atrapado otro cadáver. "Huele mucho", comenta, Rhabin, un conductor de ciclotaxi de 39 años.
Cuenta cómo el agua les sorprendió por la noche, mientras dormían, cómo muchos despertaron arrastrados por el río. Él está contento porque se salvó junto a su familia subiéndose a un tejado. "Parecían terrazas, subimos todos los que pudimos". Mientras Ray, mi improvisado intérprete, traduce, Rhabin señala los cocoteros de enfrente: "Muchos sobrevivieron trepando hasta ahí arriba".



Erna Soringauan, 
Esta mujer de 68 años monta guardia junto a su hermana frente a la funeraria Bollozos, la más grande de esta ciudad de unos 800.000 habitantes. "Mi hija, su marido y sus hijos, de diez años y tres meses, están desaparecidos. Hemos venido a buscar sus cuerpos", dice Erna con una serenidad triste. Esperan fuera, no se atreven a avanzar unos pocos metros hasta el museo del horror en que forenses y trabajadores de la funeraria trabajan sin descanso para amortajar y tomar muestras de una treintena de cadáveres tirados por el suelo.
Los cuerpos, hinchados, con los rostros ennegrecidos por las horas que pasaron sumergidos, descansan sobre un lecho de sangre y barro. Es tan horripilante que parece irreal. Algunos tienen las piernas abiertas y los brazos alzados hacia arriba, como si quisieran implorar al cielo.
El hedor es insoportable, la mascarilla de tela que me entregan, la misma que usan los voluntarios de la escuela de forenses que han venido a echar una mano, sólo sirven para que la peste se concentre en las fosas nasales.
En el pasillo, dos trabajadores envuelven con plástico y cinta aislante el cuerpo de un niño de unos seis años. Los ataúdes se han agotado y la funeraria ha vetado la entrada de nuevos cadáveres porque están saturados. El dueño es Armand Bollozos, un hombrede 58 años, menudo, con gruesas gafas de pasta y sordo de un oído que parece a punto de romperse con cada paso que da.  Dice que nunca vio nada igual: "En un mes normal, tenemos unos 40 difuntos, y en dos días nos han llegado 96".  

martes, 26 de julio de 2011

¡Terremoto!*

¿Alguien sabe qué hay que hacer cuando ocurre un terremoto? Sí, lo de ponerse debajo la mesa y bajar a la calle en cuanto sea posible y demás. Pero, ¿alguien se acordaría de hacerlo si le pilla uno de verdad, de los de escala de Richter y epicentro?

Ayer viví mi segundo seísmo en Manila (y en mi vida, claro). Los dos me pillaron desnudo y tumbado en la cama, lo que puede ser una casualidad o un dato revelador de mis actividades favoritas (también de la temperatura que hace por estos lares). Ya había pasado la una de la madrugada pero seguía despierto, enganchado con el estupendo libro del fallecido montañero Iñaki Ochoa de Olza, Bajo los cielos de Asia. De repente noté un movimiento, como si alguien empujara la cama (para ser exactos, el colchón sobre el que duermo en el suelo) desde abajo al tiempo que empezaron a tambalearse la mesa y las puertas de los armarios (siempre abiertas). Era algo parecido a viajar en un tren descacharrado. Lento de reflejos por la hora intempestiva, tardé dos o tres segundos en darme cuenta de que no había sido una venganza estomacal exagerada por la ensalada de atún con guindillas que me cené.

Entonces me di cuenta de que salvo la historia de la mesa, no tengo mucha idea de cómo reaccionar en estos casos. Ya me veía enterrado bajo los escombros de Asia. Había leído algo sobre cómo refugiarse junto a los quicios de las puertas protegido por un mueble, pero teniendo termitas en casa, no me fío nada del efecto protector de las estructuras de madera. Lo primero que hice fue ponerme de forma apresurada el pantalón del pijama que tenía al lado: si hay que salir por patas, mejor hacerlo con un mínimo de decoro.

Habrían pasado como 10 segundos desde el primer temblor. Me acordé de la mesa. La de mi habitación es muy pequeña, y tiene una cajonera debajo, de manera que había poco espacio. Hice un amago de protegerme la cabeza debajo de la tabla, dejando todo el cuerpo fuera, pero tuve la suficiente lucidez para ver que no iba a ningún lado y que, puestos a palmar, mejor hacerlo con cierta dignidad. Pensé en ir a la de la cocina, pero también es pequeña y la tabla no parece muy sólida así que, falto de ideas, miré por la ventana para ver si mis vecinos me daban alguna. Por la calle desierta pasó un BMW a todo meter mientras el edificio seguía temblando. No me resultó muy inspirador, y además no tengo BMW, sólo una bici. Llevaríamos 20 segundos y la intensidad ya era mucho menor, apenas un ligero cosquilleo bajo los pies, que fue disminuyendo hasta extinguirse por completo.

Los sismólogos dicen que fue un temblor de casi seis grados de magnitud con epicentro a cien kilómetros de Manila, donde la intensidad fue de 4 grados. Apenas ha habido daños y ninguna víctima, pero anuncian posibles réplicas en próximos días. Habrá que estar preparado.


*Sí, ha hecho falta un terremoto para menear un poco este blog.

lunes, 25 de abril de 2011

Semana Santa 2.0

He pasado unos días de inmersión cultural en la Semana Santa filipina más salvaje. A las crucifixiones y flagelaciones que ya presencié el año pasado, se ha unido el calvario, una tradición brutal que consiste en moler a palos al penitente para que expíe sus pecados. Creo que es la más bestia de las que se han dado estos días por la provincia de Pampanga. El ambiente que se vive en esta región al norte de Manila durante la Semana Santa es curioso: a cualquier hora del día o de la noche desfilan por los pueblos grupos de penitentes. Algunos van atados a una cruz de unos dos metros de alto que cargan a la espalda, otros arrastran una más grande de unos 50kilos de peso, otros se flagelan, algunos salen incluso solos con la cruz a cuestas para expiar sus pecados, siempre con naturalidad y sin darse importancia. La gente no se para a mirarlos (bueno, en eso influye que el paseante es una rara avis en Filipinas), como si alguien de Irún se encontrara a una cuadrilla tocando el redoble y el txilibito en sanmarciales. Pese a algún problema inesperado con la autoridad, pude grabar las crucifixiones y el brutal calvario de golpes.




Este vídeo es el más bestia.

Buenísimas fotos de crucificados y flagelados de Biel Calderón.

Textos aquí y aquí.

viernes, 1 de abril de 2011

Pasión por las armas

En Filipinas, un país que tiende a adoptar las costumbres más feas de sus colonizadores, existe una desenfrenada pasión por las armas. El propio presidente, Benigno Aquino, suele irse los fines de semana a pegar tiros para liberarse de las tensiones del cargo.

Los seguratas de los bancos, los supermercados, los omnipresentes SevenEleven, los bares, las torres de apartamentos, van armados con trabucos que no desentonarían en Libia ahora mismo. Su misión casi siempre consiste en abrir la puerta al cliente y dedicarle un entusiasta "good morning, sir", aunque los más celosos también hacen un pequeño registro.

En algunas zonas del convulso sur del país, los hombres van armados con la misma naturalidad que los cow boys del viejo oeste americano. Las disputas políticas en pueblos remotos a menudo se arreglan descerrajando a tiros al rival, o a periodistas que hablan más de la cuenta y no se rinden a lo que les dictan los poderosos. Hay tiendas de armas en cualquier centro comercial y para obtener una licencia hace falta poco más que tener los cerca de 50 euros que cuesta pagarla. Es habitual que en muchas casas haya una pistola escondida, por lo que pudiera pasar. Como las armas son tan accesibles, hay que rodearse de hombres armados que defiendan a la población de otros hombres armados.

Ya no me sorprende bajar a la calle y ver al guarda de mi edificio (un tipo amabilísimo y servicial, que siempre acompaña el "good morning, sir" de una sonrisa) ande manipulando su trabuco o lo tenga apoyado contra la hamaca en la que se echa la siesta. Las armas están por todo y los filipinos conviven con ellas desde que son niños. Uno ya se ha acostumbrado a esto, aunque ver al pequeño Lucky (¿Luke?), de 3 años de edad, vaciar su cargador en un campo de tiro sigue provocando una mezcla de asombro y desasosiego. Sus padres dicen que así interoriza cómo usar correctamente un arma y no hará tonterías cuando sea mayor.



El amigo Biel Calderón reproduce en su blog el artículo que hice, ilustrado con una de las magníficas fotos que me cedió. Y aquí, más imágenes de la mañana que pasamos en el campo de tiro.

lunes, 28 de marzo de 2011

Pena de muerte

La historia de Sally Ordinario-Villanueva es muy pequeña si la comparamos con la que está cayendo en Japón o Libia, pero me parece estremecedora y ilustrativa de cómo funciona el mundo. Su declaración jurada aparecía hoy en un periódico filipino.

Sally es una mujer filipina de 33 años, casada, con dos hijos de 12 y 9 años y originaria de la provincia de Isabela, una de las más pobres del país, castigada varias veces al año por los tifones. En abril de 2007, Sally emigró a Macao para trabajar como empleada doméstica. En el año largo que pasó en la antigua colonia portuguesa conoció a una mujer filipina, Mapet Cortez, con la que no le costó trabar amistad al ser ambas oriundas de la misma provincia. El tiempo compartido con Mapet y otros compatriotas le ayudó a sobrellevar la estancia en tierra extraña, lejos de su familia.

En diciembre de 2008, cuando Sally ya había regresado a Filipinas, recibió una llamada de su amiga Mapet. Le ofrecía un negocio interesante: importar móviles baratos de China para venderlos en Filipinas. Sally, que en aquel momento estaba en el paro, aceptó. El 22 de diciembre, todos los trámites estaban arreglados para que Sally volara a Xiamen, en China, dos días después. Mapet le dijo que no hacía falta que llevara ninguna maleta, que ella le prestaría una vacía y le daría 500 dólares para cubrir los primeros gastos de su estancia. También le dio el nombre de su contacto de trabajo en China y le dijo que, una vez allí, sólo debía cumplir las órdenes de esta persona a cambio de un salario de 25.000 pesos mensuales (unos 400 euros).

El día de Nochebuena de 2008, Sally no pudo ponerse en contacto con esa persona de cuyo nombre no se acuerda porque fue detenida en el control de aduanas del aeropuerto de Xiamen. La Policía china halló en falso fondo de la maleta 4,11 kilogramos de una sustancia blanca que resultó ser heroína. Fue acusada de tráfico de drogas y condenada a muerte en julio de 2009. Apeló a todas las instancias posibles, pero su sentencia fue confirmada.

En un intento desesperado, el vicepresidente filipino viajó a China el mes pasado para tratar de rebajar su pena y la de otros dos filipinos condenados a muerte por delitos similares, pero sólo consiguió una prórroga de un mes. Si no media un milagro, Sally será ejecutada este miércoles 30 de marzo junto a sus dos compatriotas. De los verdaderos criminales, los que nunca dan la cara y se lucran utilizando a inocentes como "mulas", no se sabe nada.

martes, 8 de marzo de 2011

Susun Korda montado en un tiburón ballena


Desde pequeño me hizo gracia el personaje de Susun Korda (o el Susun Korda, con artículo queda más místico), ese tipo al que mandamos hacer las cosas que no nos apetecen (lo va a hacer el Susun Korda) o cuya autoridad desafíamos, por muy grande que sea (no lo haré ni aunque lo diga el Susun Korda). Solía imaginar que el Susun Korda era un personaje oriental, vestido con una túnica o como un samurai y con la cabeza rapada al estilo del protagonista de la serie Kung Fu. Era un tipo supuestamente venerable, pero pringado a la vez, pues nadie se mostraba dispuesto a respetar su autoridad y se le invocaba para encomendarle las tareas más ingratas.

Al cabo de unos años aprendí que Susun Korda es en realidad Sursum corda (arriba los corazones en latín), una parte de la misa preconciliar que pasó al acervo popular con su peculiar significado. Sigue siendo una de las expresiones que más gracia me hacen y, pese a que ahora conozco su origen, cuando la oigo me sigo imaginando al sabio oriental al que todo el mundo toma por el pito de un sereno.

Por alguna extraña mezcla de cansancio, exceso de sol y agua marina y una saludable enajenación mental, el Susun Korda (era él y no el de la expresión latina) irrumpió en la expedición del pasado fin de semana en Donsol, al este de Filipinas, donde acudimos para ver a los famosos butandines o tiburones ballena, los peces más grandes del planeta. Apareció en la conversación mientras navegábamos y no dejó de provocarnos carcajadas en todo el día.

Nadar con tiburones ballena es una experiencia única, uno empieza a salivar desde que ve la aleta de los bichos sobresalir del agua como en los dibujos animados y cuando vislumbra su imponente sombra de casi diez metros de largo a un palmo de la superficie. Los animalicos - unas 30 toneladas de nada- son inofensivos, se alimentan de plancton y se despreocupan de las decenas de pesaos que se pegan una paliza con aletas y máscara de buceo para perseguirles. Yo fui uno de ellos y durante algunos segundos pude nadar mirándole el jeto, la enorme boca cerrada, las rémoras sujetas a la aleta. Si me dejaba ir hacia atrás o me adelantaban los demás (aquello era como abrirse hueco en un esprint ciclista) veía la imponente cola que se balanceaba despacio y a veces se acercaba demasiado. Es el único peligro de este pacífico escualo, que te dé un coletazo accidental.

Con el guía aprendimos que los butandines viven entre 100 y 150 años. Uno imagina lo que pensará un tiburón ballena que lleve un siglo viajando miles de kilómetros al lugar de veraneo con la familia, sin que nadie le toque las narices, y se tope en la última década con miles de humanos medio tontos (perdón por el medio pleonasmo) que se pelean por seguirle unos segundos. Como parece un ser bastante pasota, cuando se cansaba de nosotros se sumergía cuatro metros y desaparecía de nuestra vista.

¿Y qué tiene que ver con esto el bueno de Susun Korda?
Nada, que apareció por allí y que si pienso en el fin de semana no puedo dejar de sonreír al acordarme de este personaje, que en el culmen de la enajenación mental terminó hablando con acento tejano, o lo que sea el ininteligible discurso del gran Jeff Bridges en True Grit, la última joya de los Cohen.

lunes, 28 de febrero de 2011

Bahala na

Si hay una expresión tagala que ilustra el modo de ser filipino es el “bahala na”, algo así como “lo que tenga que ser, será” o “Dios proveerá” o "hakuna matata", que hace que muchos vivan al día sin preocuparse por un futuro que de todos modos es impredecible.

Supongo que el “bahala na” es en parte una estrategia de supervivencia, una forma de conservar la sonrisa cuando ocurran las desgracias, que tarde o temprano llegarán en forma de tifón, erupción volcánica o terremoto. Es también una vacuna para la población más pobre, la que vive hacinada y rodeada de basura en los barrios de chabolas que crecen en cualquier rincón de las grandes ciudades, la de los que no tienen más remedio que vivir al día, sin hacer planes.

A mí el “bahala na” me gusta, puede chocar con nuestras costumbres occidentales, puede exasperarnos cuando esperamos más de la cuenta en un restaurante (esto se nota sobre todo fuera de Manila y de los lugares más turísticos), pero es algo de lo que deberíamos aprender en nuestras sociedades donde todo está tan medido, donde vivimos invadidos por la insatisfacción y cambiamos la sonrisa por el miedo.

También pienso que esta filosofía se convierte en una trampa cuando se lleva al extremo y se confunde con la vagancia, que es una de las razones por las que el país vive instalado en un subdesarrollo perpetuo.

Como en todo, hay excepciones. Por alguna extraña razón, el alma “bahala na” se extravía cuando toca hacer cola. En esos momentos, al filipino le crece el colmillo de la competitividad despiadada, olvida la sonrisa, la solidaridad entre vecinos tan propia del archipiélago y se lanza sin tregua en busca de un hueco que le permita acortar la espera.

Nada como un avión recién aterrizado para comprobar la metamorfosis que las colas provocan en el alma filipina: en cuanto la nave se detiene todos saltan como un resorte de sus asientos y se lanzan con furia hacia el pasillo (algo también propio de otros países asiáticos). Una vez que las puertas se abren y la fila comienza a avanzar, es de suicidas intentar incorporarse, al menos si uno lo intenta de buenas maneras y confiando en la cortesía ajena. En esos casos se puede optar por meterse el cuchillo entre los dientes, sacar los codos y empujar sin mirar quién viene por detrás ni pedir perdón. El precio a pagar es muy alto para mi gusto: uno se expone a que le contagien el estrés y arriesga su integridad física.

A no ser que de verdad tengamos prisa, resulta mucho más gratificante esperar tranquilamente en el asiento hasta que todos hayan salido, aplicando así el saludable concepto del “bahala na”.

jueves, 3 de febrero de 2011

Huellas hispanas

En 333 años de colonización los españoles dejaron poca huella en Filipinas. Pese a la imposición de la omnipresente religión católica, la construcción de iglesias y los miles de vocablos que pasaron del castellano al tagalo y otras lenguas del archipiélago (a menudo con el mismo significado, pero no siempre), el recuerdo del viejo colonizador es, 113 años después, casi nulo.
Uno de los factores de la escasa hispanización de Filipinas es la lejanía del archipiélago, sobre todo porque era gestionada a través de México hasta la independencia del país norteamericano en el siglo XIX. Por aquel entonces no había en las islas más de 4.000 peninsulares, la mayoría curas y frailes. A finales de ese siglo, en el apogeo de la población española, no eran más de 14.000. En el año y pico que llevo aquí, estos son los principales conocimientos sobre España que he detectado en la calle:

1) Un antepasado español
Todos los taxistas de Manila dicen tener un abuelo o un bisabuelo español. Es una afirmación dudosa, pese a la entrega de frailes y curas a su labor proselitista, a menudo más allá de sus funciones, eso sí, por puro sentido del deber. Esto estaría relacionado con el dicho de que por las venas de todos los filipinos corre sangre de frailes.

2) Pau Gasol
Filipinas debe de ser el único país de Asia en que el baloncesto destrona al fútbol como deporte rey, sin duda por influencia americana. La estrella de los Lakers es el español más célebre entre los jóvenes filipinos.

3) Julio Iglesias
Los jóvenes conocen sólo a su hijo Enrique, pero Julio sigue teniendo una legión de seguidores entre el público talludito de clase media alta. Su estilo musical almibarado encaja perfectamente en el gusto de Filipinas, donde ofrece conciertos a menudo. Incluso grabó un disco en tagalo. Curiosamente, su exmujer filipina, Isabel Preysler, es una gran desconocida en su país natal.

4) Amparo Muñoz
Es el primer nombre que les viene a la mente a muchos filipinos de más de 50 años al oír la palabra España. Me sonaba su nombre, pero la primera vez que me la nombraron me tuvieron que explicar que se trata de la ganadora de Miss Universo en 1974. Los filipinos están locos por los concursos de belleza y no olvidan a la vencedora del certamen que se celebró en Manila hace 37 años.

5) Nociones de español
Hasta 1987 el español estaba en los planes de estudio de Filipinas como segundo idioma extranjero. Nunca llegó a expandirse en las islas, salvo entre la aristocracia. Para la mayoría es un vago recuerdo escolar, pero a menudo se animan con un "amigo, ¿cómo está?".

miércoles, 12 de enero de 2011

Decrecimiento

Esta mañana he leído que 3,4 millones de familias filipinas (el 18,1 por ciento) han pasado hambre entre septiembre y noviembre de 2010. Son 400.000 familias más que el trimestre anterior. La economía filipina no deja de crecer, a un ritmo superior al de la mayoría de sus vecinos (en 2010 rondó el 6,5 por ciento, en parte por las remesas de los millones de emigrantes filipinos) pero el número de personas hambrientas tampoco para de aumentar. Es una paradoja, que en buena medida puede explicarse por el desmedido crecimiento de la población y por la hipocresía de la poderosa Iglesia Católica, que torpedea cualquier iniciativa gubernamental para incentivar la planificación familiar.

Es una razón, pero desde hace un tiempo pienso que hay otras más profundas y que este sistema capitalista en el que hemos crecido, ese que nos venden como "el menos malo conocido" es perverso y tiene mucha culpa de lo que está ocurriendo. Cuanto más tenemos algunos menos tienen otros. Casualmente, un amigo ha colgado en Facebook un vídeo que sustentaba mis intuiciones poco fundadas. Vale la pena ver al economista Arcadi Oliveres hablar sobre el origen de las migraciones modernas y sobre algunas razones por las que unos países son ricos y pacíficos y otros siempre son pobres y están en guerra.


Me ha interesado lo que decía este hombre y he descubierto que es uno de los apóstoles del decrecimiento, una teoría que considera que el sistema actual, sostenido por un crecimiento ilimitado nos llevará al colapso, y aboga por un modelo en que el crecimiento no sea necesario. En resumen sostienen que todos podemos vivir mejor con menos. Indagando un poco más en el tema (sí, hoy mi productividad laboral ha sido parecida a la de un koala) me he encontrado con las teorías de Serge Latouche, un filósofo y economista francés que lleva años escribiendo libros y dando conferencias sobre el decrecimiento. Me han parecido interesantes sus ideas sobre la imposibilidad de mantener un crecimiento ilimitado en un mundo con recursos finitos.



Casualmente, otro amigo ha publicado hoy en su muro de Facebook un excelente documental emitido por TVE sobre la obsolescencia programada, la manera en que la industria controla la duración de los productos para forzarnos a comprar uno nuevo en un plazo corto. Este concepto, que también he descubierto hoy, ha sido uno de los pilares de la economía de consumo desde el final de la II Guerra Mundial, incluso antes. Una de las partes más chocantes para mí ha sido ver cómo los residuos electrónicos de países del primer mundo van a parar a países pobres, como Ghana, camuflados como productos de segunda mano. La opulencia en nuestra casa, pero la basura la llevamos a África, total, son pobres y les da lo mismo tenerlo todo sucio. En el documental también aparece Latouche, que dice una frase que tiene su gracia y además es reveladora: "El que crea que un crecimiento ilimitado es posible en un mundo de recursos finitos es un loco o un economista". De verdad que merece la pena tragarse los 52 minutos del documental.


Comprar, tirar, comprar


viernes, 24 de diciembre de 2010

Navidad luminosa

En Filipinas, donde el fervor religioso se mezcla con la fiebre consumista, llevamos en Navidad desde octubre. El Papá Noel de dos metros de mi portal lleva dos meses y medio deseando felices fiestas, igual que la música de los centros comerciales. En San Fernando, a 70 kilómetros de Manila, cada año se gastan una millonada en construir impresionantes faroles gigantes de 6 metros de altura. Aquí os dejo una foto.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Vivos y muertos

Cuando me vieron aparecer con mi camarita, el trípode y el cuaderno, los habitantes del cementerio de Navotas (los vivos, se entiende), en las afueras de Manila se quedaron extrañados. Los que chapurreaban algo de inglés no paraban de preguntarme qué era lo interesante de una barriada de chabolas en el interior de un cementerio, con algunas chozas construidas sobre las filas de nichos. Arnold, un chico de 22 años que ejerció de intérprete y guía conmigo, me recomendó que fuera a Puerto Galera, la turística ciudad de playa de la que procede, en lugar de ir a sitios tan feos y sucios.





Él se da cuenta de lo miserable que es el lugar porque sólo lleva ahí unas semanas y ha visto otras cosas. En cuanto ahorre un poco volverá a su tierra. Pero la mayoría se criaron o llevan décadas viviendo en un cementerio, rodeados de basura, y tienen asumido que eso es lo que verán siempre. De aquella visita salió este pequeño reportaje. Lo que más me choca siempre que voy a estos sitios es la eterna sonrisa, la alegría, la carcajada fácil del que no tiene nada y vive despreocupado por el futuro. Los que no tenemos motivos de queja nos olvidamos a menudo de esa risa tan sana. Me acuerdo de lo que decía el otro día Ramón Lobo :
"No es lo mismo gastar todas las energías en sobrevivir cada día que estar convencido de que la vida es eterna. Los primeros no planifican, no ahorran, apenas sueñan; solo una ilusión: emigrar. Los segundos tienen tiempo libre para la eduación, la cultura, el ocio. Tampoco sueñan, solo se quejan de su mala suerte".

***
Algunos nos dedicamos a veces a escribir estas cosas. Otros, como el maestro Ander Izagirre, no sólo se conforman con contarnos historias extraordinarias, sino que además ponen su granito de arena para solucionar las desgracias que se encuentran. Aquí tenéis las instrucciones sobre cómo ayudar a las familias que viven en condiciones miserables en las minas del Potosí.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Emigrantes

Leyendo el fenomenal post de Ander Izagirre sobre la inmigración me acuerdo de los 10 millones de filipinos que se fueron de su país, que en muchos casos envían la mayor parte de su salario a sus familias, que sacrifican una parte fundamental de sus vidas, el bien propio, por mejorar la prosperidad de los suyos, el futuro de sus hijos.

Conozco algún caso de cerca, pero me ha dado por pensar en Luke, un filipino de 24 años que me encontré hace unos meses con el amigo Pablo en una playa del sur de la isla de Mindanao. Había ido a pasar el domingo con su familia para celebrar la visita de su hermana mayor, que vive con su marido y su hija pequeña en Arabia Saudí, igual que miles de filipinos. Él también soñaba con irse, no porque no le guste su país, sino porque con los salarios de 12.000 pesos cada uno (unos 200 euros) que cobran él y su mujer por trabajar de enfermeros en el hopspital de General Santos no les da para asegurar un buen futuro a su hijo de un año. Me impresionó lo poco que pensaba en sí mismo: "Quería tener a mi hijo siendo joven para que cuando crezca y quiera ir a la Universidad yo tenga buena salud y pueda trabajar duro para pagarlo".

También se me quedó grabada una frase que me hizo ver que pese a las quejas laborales que más o menos todos tenemos, no dejamos de ser privilegiados: "¿Trabajas de periodista? ¡Wow!Seguro que tu salario es de por lo menos 40.000 pesos (680 euros) ".

Luke nos invitó a comer en la playa junto a sus padres, que ven con una resignación tranquila cómo su hija ha tenido que marcharse tan lejos y cómo su hijo seguirá los mismos pasos. Pasamos un rato agradable, disfrutando de la hospitalidad, de la deliciosa ensalada y de los lomos de atún que habían traído desde casa como para alimentar a un regimiento. Es probable que a estas alturas Luke ya esté en Canadá, con su esposa y su hijo, arreglando los papeles que ya había empezado a rellenar entonces, quizá ejerciendo de enfermero en un hospital y cobrando un salario digno porque "allí si trabajas duro sales adelante, pero en Filipinas no hay esperanza".

De izquierda a derecha la mujer de Luke, su hermana con su niña, el propio Luke, sus padres, yo, y Pablo con el hijo de Luke.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Dioses y héroes

En Filipinas, un país donde el 80 por ciento de la población muestra un catolicismo ferviente, hay pocas dudas sobre quién es el verdadero Dios, pese a la importante presencia musulmana al sur. Tampoco se cuestiona el nombre del héroe nacional, José Rizal, mártir de la revolución contra los colonos españoles, que lo ejecutaron en 1896, demostrando una vez más la fina estrategia negociadora de España a lo largo de la Historia.

Es probable que Manny Pacquiao, que este domingo logró su octavo título mundial de boxeo en otras tantas categorías (nadie lo hizo nunca antes) sea las dos cosas a la vez. No cabe duda de que es un héroe, el hombre que saca a Filipinas del anonimato y el único que compite con tifones, masacres, asesinatos, terremotos y volcanes por acaparar los titulares de la prensa mundial. Viendo con qué pasión lo admiran sus compatriotas, cómo se paraliza el país cada vez que se sube a un cuadrilátero, cómo incluso las guerrillas comunistas y musulmanas del sur detienen su actividad para ver el combate (y celebrarlo después) no me extrañaría que con los años acabe convirtiéndose en una figura divina.

Viví la pelea en un viejo polideportivo de Manila, apretujado junto a miles de filipinos de clase media o baja que observaban la pantalla gigante esperanzados, que jaleaban cada mandoble del púgil filipino y se carcajeaban con una risa infantil cuando le asestaba a su adversario un golpe especialmente violento. La prohibición de bebidas alcohólicas en el recinto evitó que se desmadraran demasiado, incluso la celebración pareció fría por momentos, pero todos desprendían una felicidad genuina.

Y reconforta ver esa satisfacción en los rostros de este alegre país, maltratado por la naturaleza, colonizado por tres países distintos (España, Estados Unidos y Japón) en los últimos 120 años, lastrado por una corrupción salvaje, donde más de un tercio de la población vive por debajo del umbral de la pobreza. Sus esperanzas se limitan a menudo al más allá, a las promesas de una religión que abrazan con fervor. De vez en cuando, Pacquiao compite con las alturas celestiales y regala a sus compatriotas una alegría terrenal, les hace soñar, les demuestra que tener orígenes pobres (él se dedicaba a vender bollos en una bicicleta) no siempre impide alcanzar la gloria, aunque en la práctica las hazañas del boxeador afecten a sus vidas tanto como las promesas del otro mundo.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Clases de tagalo

Después de un año por aquí, me he dignado a empezar clases de tagalo, el idioma más o menos común a todos los filipinos, aunque sólo es la lengua materna de la tercera parte de la población (los de Manila y alrededores, principalmente). En cada región predomina un idioma, por ejemplo, en la zona de Zamboanga, al sur, está el chabacano, que es el más similar al español, lo he oído hablar y el parecido es asombroso.
Hablar tagalo no es indispensable para vivir en Filipinas, se puede pasar con el inglés (el español está extinguido casi por completo), que casi todo el mundo entiende, al menos a un nivel básico. Pero resulta frustrante estar en situaciones en las que todo el mundo habla el idioma y no entender nada. También creo que me puede ayudar en mi trabajo, cuando voy a zonas deprimidas en la que la mayoría de la gente no pudo aprender inglés en el colegio.
Aunque es difícil asimilar algunos conceptos gramaticales novedosos para mí, para un castellano parlante aprender la lengua debe de resultar mucho más sencillo que para un inglés o un francés por la multitud de vocablos (dicen que 20.000) heredados del idioma colonial. Por ejemplo, la gente cuando se saluda dice "komustá", una de sus seis comidas diarias es la merienda, que se sirve en una "mesa" y se come con "kutsara", "kutsilyo" y "tenedor". Los niños van a la "eskwela" y sus padres al "trabaho". Ahora muchos se desplazan en "kotse" pero sus abuelos iban a "kabayo". Aquí van algunos ejemplos más elegidos al tuntún en mi libro, absténganse los maniáticos de la ortografía.

amo: jefe (muy reveladora del pasado colonial)
bintana: ventana
reló: reloj
tindéra: tendero o tendera
basura (pues eso)
mesa
makina: máquina, motor
sige: de acuerdo, adelante
pasahéro: pasajero
eroplano: avión
prutas: fruta

viernes, 5 de noviembre de 2010

Control de malos humos

Hace unos días, mientras paseaba (es un decir) por el distrito de Makati, el centro financiero de Manila, me topé con bomberos novatos entrenándose para la extinción de incendios. En el mismo parking de la estación de bomberos, a menos de diez metros de una de las vías más concurridas y de más renombre de Manila -la avenida Ayala-, un tipo echaba gasolina en una especie de bañera metálica, otro le prendía fuego y el aprendiz se afanaba en apagarlo con la manguera durante unos segundos. Cada vez que repetían la operación se formaba una espesa humareda, que además de añadir un poco más de contaminación al deteriorado aire de la ciudad (siempre hay margen de mejora en todo, por increíble que parezca a veces) podía molestar a los conductores, por no hablar de los incautos viandantes, eso les pasa por tener aficiones tan raras como el paseo.

Cuando me fui a los pocos miminutos, seguían repitiendo la operación sin descanso, cada vez con un alumno diferente. Caminé unos cincuenta metros y me encontré en el mismo recinto con la oficina de control de la polución en Manila. Un cartel en la entrada avisaba de que se está llevando a cabo una operación anti humos en la ciudad. Only in the Philipppines.

martes, 19 de octubre de 2010

Excursión al Pinatubo


Hace unos días me fui al monte Pinatubo con un grupo de unos 40 montañeros filipinos que organizan excursiones a buen precio. Había que salir de Manila a las dos de la mañana para estar todo el día de un lado a otro sin apenas dormir, pero valió la pena por ver un paisaje mpresionante. El monte Pintatubo era un viejo volcán a unos 90 kilómetros de Manila, erosionado y cubierto de selva tropical hasta que en junio de 1991 se enfureció y lanzó la segunda mayor erupción conocida en todo el siglo XX. Llevaba unos 500 años dormido y su explosión fue tan colosal que la nube de gases que formó rebajó la temperatura del planeta en medio grado en el año siguiente. Hubo miles de evacuados y 800 personas murieron al desplomarse sus casas por el peso de las cenizas acumuladas en el tejado.

El lahar, el barro formado por la mezcla del agua de lluvia y ceniza, fue avanzando en los años siguientes en cada estación lluviosa y obligó a reconstruir varios pueblos que fueron literalmente engullidos. Una vieja iglesia española del siglo XVI en la ciudad de Bacolor, a unos pocos kilómetros, quedó a mitad cubierta, de modo que lo que antes eran las ventanas se han convertido en puertas de entrada. Las tribus que vivían en las inmediaciones del volcán tuvieron que abandonar sus tierras, algunos para siempre.

La erupción también cambió la fisonomía del monte, que se encogió en 300 metros y se quedó con un gran cráter que la lluvia fue llenando hasta convertirlo en el llamado Lago Pinatubo, cuyo color turquesa cada vez atrae a más turistas y que incluso ha sido acondicionado para satisfacer al público local (un error para mi gusto).

La furgoneta nos dejó en un pueblo de la provincia de Tarlac, desde donde montamos en unos todoterrenos desvencijados que nos iban a dejar a pie del cráter después de atravesar un paisaje espectacular en el que la vida se abre paso en un terreno aparentemente yermo. Sobre la arena volcánica ha brotado la hierba y ya se dejan ver algunos árboles. El agua que baja del monte serpentea y va formando frágiles cauces que se entrecruzan, como si se mostrara indecisa antes de decantarse definitivamente por uno.


Desde el vehículo veíamos a los lugareños, algunos de ellos son los llamados "aeta", de rasgos distintos al resto de filipinos: pelo rizado y piel muy oscura, se les puede confundir con negros y de hecho los colonos españoles les llamaban "negritos". Si me ponen delante a un "aeta" y a un keniano de toda la vida no sabría distinguirlos. Nos cruzamos con alguno montado en un buey y con un grupo que viajaba con una guitarra y poco más en un carromato también tirado por bueyes, totalmente aislados de la civilización. De hecho, estas tribus ni siquiera hablan el idioma tagalo, teóricamente común a todos los filipinos.

Después de dos horas de coche, con paradas incluidas para empujar, iniciamos la marcha, que no tiene ningún misterio: apenas hay pendientes y la única dificultad consiste en cruzar un riachuelo de vez en cuando. Pese a que para mí le han quitado encanto construyendo un cobertizo para excursionistas y asfaltando el camino que baja hasta el cráter, el color turquesa del agua le da un carácter insólito. Y no sé si será sano bañarse en un agua así, pero sienta de lujo refrescarse después del largo trayecto. Lo mejor es que si uno abre los ojos debajo del agua ve la vida de color turquesa.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Tomarse la molestia

A primera vista, Chris podría pasar por uno de los tipos más vagos del planeta. De enorme barriga, con una mirada y una forma de hablar que transmiten una dejadez infinita, el puesto de trabajo más habitual de este inglés de 59 años afincado en Filipinas es la barra de su propio bar o del de sus amigos, donde nunca le falta una buena cerveza. Un breve paseo por el hotel que regenta en General Santos, al sur del país, confirma que no es una persona que cuide los detalles, que le trae el pairo que las paredes estén sin pintar, que la piscina empiece a desconcharse, que las raíces de los árboles hayan destruido todo el suelo, que la vegetación asole su establecimiento y que, en definitiva, el lugar desprenda cierto aroma de película de terror por su aparente estado de abandono. Unas jaulas habitadas por monos de aspecto rabioso y afilados colmillos que compró a traficantes, otra con una especie de búho triste y asustadizo y, sobre todo, un inquietante retrato de la reina de Inglaterra junto a la barra del bar apuntalan ese ambiente tétrico.

El servicio es correcto gracias a la dedicación de su esposa, una filipina de movimientos nerviosos que, según su marido, "se inventa el trabajo". "¿Por qué iba a molestarme?" (Why should I bother?) es la frase más repetida por Chris: le sirve para justificar el deteriorado aspecto de su hotel y defender la inutilidad de adecentarlo o para explicar por qué lleva diez años sin visitar a sus familiares y amigos de Inglaterra y no tiene ninguna intención de hacerlo. Su principal actividad consiste en bucear más o menos a diario, a menudo con turistas a los que alquila su equipo y con los que ejerce de guía en uno de los arrecifes más espectaculares de la zona.

Ese lugar, igual que otros puntos de la bahía de Sarangani, es la prueba de que incluso el tipo de aspecto más indolente, a veces se toma la molestia (he bothers), se moviliza y pone su granito de arena (o de cemento) para mejorar el mundo. Durante tres años, junto a su amigo John, un americano que vive en la misma ciudad, y otros colaboradores ocasionales fue colocando 5.000 cúpulas de cemento en zonas dañadas de los arrecifes para favorecer el crecimiento de corales y otras especies marinas.



En ese tiempo, fueron casi todos los días a bucear con los bloques de cemento a cuestas, costearon ellos mismos el transporte y los gastos propios de las inmersiones y consiguieron patrocinadores para pagar los 21.000 dólares que costaron las cúpulas. Dos años después de concluir el proyecto, las estructuras se han convertido en el hogar de decenas de especies de fauna marina, que a su vez atraen a cada vez más peces.

El que esté interesado puede leer el reportaje, que salió en varios medios. Para terminar me quedo con la frase de John, a cuya inmensa amabilidad debo las tres crónicas que escribí en mi viaje al sur del país: "Hay muy pocas personas en el mundo que puedan hacer algo para cambiarlo, de manera que los demás tenemos que pensar de manera local. Si todo el mundo trabaja para mejorar lo que tiene cerca, se consigue una mejora global.


(Fotos: la de la cúpula fuera del agua es de Stan de la Cruz y la de abajo, que muestra un grupo de cúpulas después de dos años en el fondo del mar, es de Andrew Mc Donald).

jueves, 12 de agosto de 2010

La educación sexual en Filipinas se topa con la férrea resistencia del clero

La educación sexual se abre paso a trompicones en Filipinas pese a la férrea oposición de la Iglesia Católica en un país amenazado por la superpoblación y la expansión de las enfermedades venéreas.

Con polémica de por medio y demandas judiciales que persiguen que se prohíba la enseñanza sexual, el Ministerio de Educación navega sobre turbulentas aguas con la finalidad de que estudiantes de más de 150 escuelas de todo el país reciban información acerca de como pueden prevenir los embarazos indeseados y también contribuir a frenar la incidencia de las enfermedades de transmisión sexual.

El programa, que recibe financiación de Naciones Unidas, es una vieja aspiración de muchos políticos filipinos, pero ningún gobierno se había atrevido hasta ahora a desafiar a la poderosa Iglesia, en un país donde el 80 por ciento de la población se declara católica.

Los tribunales desestimaron hace dos semanas una denuncia contra la ley presentada por un grupo formado por una treintena de padres y liderada por Jo Imbong, un conocido abogado que trabajaba para la Conferencia Episcopal de Filipinas.

El argumento más frecuente esgrimido por los detractores de la educación sexual, que a nivel nacional será impartida a niños de 11 años en adelante, es que vulnera el derecho de los padres a elegir los valores morales que transmiten a sus hijos.

La ministra de Educación saliente, Mona Valisno, aprobó este proyecto educativo antes de dejar el cargo tras el cambio de Gobierno del pasado 30 de junio, con el objetivo de dotar a los estudiantes de la información necesaria "para tomar decisiones y elegir" sobre su vida sexual.

El nuevo Gobierno del presidente, Benigno Aquino, alega en respuesta a las contumaces críticas del clero y de los sectores más conservadores que "la educación sexual no tratará del acto sexual en sí, sino de la ciencia, la higiene, los valores correctos y las relaciones interpersonales para evitar el sexo prematrimonial y el embarazo de adolescentes". Además, el Ejecutivo recalca la necesidad de tomar medidas ante la rápida expansión que el virus del Sida ha registrado en los últimos meses, y que ha sido calificada de "alarmante" por las autoridades sanitarias.

El Ministerio de Sanidad alertó la semana pasada del aumento de casos positivos en el país, con 809 nuevas infecciones detectadas en los primeros meses del año, frente a los 829 casos detectados en 2009.

Aunque la incidencia es menor que en otros países de la zona, muchos expertos advierten de que los datos no son fiables ya que se basan en los registros oficiales de los hospitales y existen cientos de enfermos de barriadas pobres que no son conscientes de que son portadores del virus del Sida.

Clara Rita Padilla, directora de la organización Engender Rights (Derechos de procrear) apela a la separación entre Iglesia y Estado y reclama el derecho de los adolescentes filipinos a "conocer los peligros de su comportamiento sexual".

Un estudio del Instituto Guttmacher, de Estados Unidos, indica que en Filipinas la mitad de los embarazos no son deseados o planeados, mientras que el Informe Nacional de Población de 2008 reveló que el 4,7 por ciento de los niños del país son alumbrados por mujeres de entre 15 y 19 años.

"Esto demuestra que las jóvenes filipinas no sólo son sexualmente activas sino que están dando a luz a edades inferiores a 19 años, una edad a la que la tasa de mortalidad en el parto es alta", subrayó la experta.

Por otro lado, el padre Eduardo Hila, sacerdote y profesor de un colegio de la provincia de Pampanga, a cien kilómetros al norte de Manila, aclaró a Efe que "la Iglesia no está en contra de una educación sexual pero es un asunto que se debe encarar desde un punto emocional y espiritual, además de científico". Hila destacó que la Iglesia sospecha que detrás de la iniciativa gubernamental está el "propósito oculto de solucionar el problema de la superpoblación y fomentar la contracepción".

La Iglesia ha reiterado su oposición a cualquier medida destinada a difundir el empleo de los contraceptivos en Filipinas, país donde el 44 por ciento de los 92 millones de habitantes vive por debajo del umbral de la pobreza.
(Crónica que publiqué ayer en EFE)

martes, 10 de agosto de 2010

Termitas, polis y ladrones

Yo quería hoy hacer una entrada para resucitar el blog de sus meses de letargo. La tenía escrita, y hablaba del misterioso reguero de algo parecido a la tierra que me he encontrado en la pared del baño al volver de mis vacaciones en Irún. El guarda y el chapuzas del edificio dijeron que eran termitas y eso me servía para hacer una metáfora con las largas semanas de letargo de este blog, que más que oxidado parecía devorado por los mismos insectos que se están comiendo el interior del techo del baño. Hablaba de la desidia en que se había instalado el blog y de cómo uno se acostumbra a ser desidioso, y casi había terminado el texto, cuando de repente, sobre las nueve de la noche, ha sonado una detonación, como si alguien hubiera reventado una bolsa de plástico gigantesca para despertar de una vez a este blog durmiente.

Se me ha pasado por la cabeza que fuera un disparo, o una bomba, pero mi mente biempensante ha desechado la idea y me he inclinado por la opción de un amable petardo, o quizá por unos fuegos artificiales, tan populares por aquí. Mi segunda opción ha cobrado fuerza a los pocos segundos con la algarabía que provenía de la calle, pero se ha desvanecido enseguida, cuando ha sonado una sirena policial.

La escena desde la ventana devolvía fuerza a la a la hipótesis del festejo: había barullo y decenas de personas se dirigían en una especie de procesión desordenada hacia la esquina de mi calle con la principal avenida del barrio, a unos 30 metros de mi casa. Cuando he bajado para terminar con mi confusión, el guarda me ha dicho, con cierto alboroto pero sin perder la sonrisa, que se había producido un disparo, que el ladrón estaba huyendo e intentó meterse en una casa cercana, y que la Policía disparó para tratar de asustarlo y detenerlo.

Lo de la sonrisa no me cuadraba, pero lo he achacado al carácter alegre filipino y a que quizá al guarda le hiciera gracia que el extranjero que vive en el edificio bajara a curiosear igual que el resto de los vecinos. Porque en la calle estaba todo el vecindario, incluidas madres con sus hijos de corta edad. Ya fuera, un vendedor ambulante me ha vuelto a contar la historia de los disparos entre risas, la risa alborotda que se oía entre el resto de mirones, a quienes hacía gracia ver a los agentes deambular por la zona en busca del ladrón sin preocuparse por elpeligro. Mientras tanto, los dos agentes iban a lo suyo, pistola en mano y rebuscando en un solar cercano con una linterna.

Me he subido a casa a los pocos minutos, un poco por aburrimiento, porque parecía claro que el ladrón había huido, y un mucho por miedo, porque uno nunca sabe para dónde van a salir los disparos y no es la primera vez que me toca escribir una noticia sobre balas perdidas de la Policía que se alojan en el cuerpo de la persona equivocada. En la calle, inexplicablemente, han continuado los murmullos, las risas y las madres con sus hijos, hasta que también se han aburrido de esperar y han vuelto a sus casas, como si realmente vinieran de una celebración y el disparo fuera un fuego artificial.