Mostrando entradas con la etiqueta montaña. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta montaña. Mostrar todas las entradas

martes, 19 de octubre de 2010

Excursión al Pinatubo


Hace unos días me fui al monte Pinatubo con un grupo de unos 40 montañeros filipinos que organizan excursiones a buen precio. Había que salir de Manila a las dos de la mañana para estar todo el día de un lado a otro sin apenas dormir, pero valió la pena por ver un paisaje mpresionante. El monte Pintatubo era un viejo volcán a unos 90 kilómetros de Manila, erosionado y cubierto de selva tropical hasta que en junio de 1991 se enfureció y lanzó la segunda mayor erupción conocida en todo el siglo XX. Llevaba unos 500 años dormido y su explosión fue tan colosal que la nube de gases que formó rebajó la temperatura del planeta en medio grado en el año siguiente. Hubo miles de evacuados y 800 personas murieron al desplomarse sus casas por el peso de las cenizas acumuladas en el tejado.

El lahar, el barro formado por la mezcla del agua de lluvia y ceniza, fue avanzando en los años siguientes en cada estación lluviosa y obligó a reconstruir varios pueblos que fueron literalmente engullidos. Una vieja iglesia española del siglo XVI en la ciudad de Bacolor, a unos pocos kilómetros, quedó a mitad cubierta, de modo que lo que antes eran las ventanas se han convertido en puertas de entrada. Las tribus que vivían en las inmediaciones del volcán tuvieron que abandonar sus tierras, algunos para siempre.

La erupción también cambió la fisonomía del monte, que se encogió en 300 metros y se quedó con un gran cráter que la lluvia fue llenando hasta convertirlo en el llamado Lago Pinatubo, cuyo color turquesa cada vez atrae a más turistas y que incluso ha sido acondicionado para satisfacer al público local (un error para mi gusto).

La furgoneta nos dejó en un pueblo de la provincia de Tarlac, desde donde montamos en unos todoterrenos desvencijados que nos iban a dejar a pie del cráter después de atravesar un paisaje espectacular en el que la vida se abre paso en un terreno aparentemente yermo. Sobre la arena volcánica ha brotado la hierba y ya se dejan ver algunos árboles. El agua que baja del monte serpentea y va formando frágiles cauces que se entrecruzan, como si se mostrara indecisa antes de decantarse definitivamente por uno.


Desde el vehículo veíamos a los lugareños, algunos de ellos son los llamados "aeta", de rasgos distintos al resto de filipinos: pelo rizado y piel muy oscura, se les puede confundir con negros y de hecho los colonos españoles les llamaban "negritos". Si me ponen delante a un "aeta" y a un keniano de toda la vida no sabría distinguirlos. Nos cruzamos con alguno montado en un buey y con un grupo que viajaba con una guitarra y poco más en un carromato también tirado por bueyes, totalmente aislados de la civilización. De hecho, estas tribus ni siquiera hablan el idioma tagalo, teóricamente común a todos los filipinos.

Después de dos horas de coche, con paradas incluidas para empujar, iniciamos la marcha, que no tiene ningún misterio: apenas hay pendientes y la única dificultad consiste en cruzar un riachuelo de vez en cuando. Pese a que para mí le han quitado encanto construyendo un cobertizo para excursionistas y asfaltando el camino que baja hasta el cráter, el color turquesa del agua le da un carácter insólito. Y no sé si será sano bañarse en un agua así, pero sienta de lujo refrescarse después del largo trayecto. Lo mejor es que si uno abre los ojos debajo del agua ve la vida de color turquesa.

viernes, 6 de febrero de 2009

Orangutanes

Me hubiera gustado ser el protagonista de esta historia, pero fue Florent, que iba delante de mí en el descenso del Kianabalu el que se topó con un orangután a diez metros. Se miraron fijamente durante apenas dos segundos, hasta que mi compañero me hizo una leve señal para que frenara y el mono se asustó. Después, desde unos 100 metros, obervamos a varios saltando de rama en rama, ésta es la mejor foto que pude sacar. Verles de pie, totalmente erguidos, impresiona y hasta asusta un poco por lo mucho que se nos parecen. Entendí que con animales así surjan leyendas como la del yeti.

lunes, 2 de febrero de 2009

Kinabalu

Es verdad que la excesiva explotación turística, las cien personas que lo coronan cada día, los escalones en los tramos más delicados, la cuerda que llega hasta la cima para evitar caídas en las rocas, el variado buffet del refugio con calefacción a 3.000 metros de altitud o los coreanos jadeantes parados en mitad de la subida le quitan algo de encanto al monte Kinabalu, 4.095 metros, el techo del sudeste asiático en la parte malaya de la isla de Borneo. Todas estas singularidades le roban a esta bella y asequible subida alicientes tan importantes como la libertad y el silencio que dan las montañas. No le quitan, sin embargo, nada de su sobria majestuosidad.

Desde que decidí pasar el año nuevo lunar en Malasia y lo descubrí, el Kinabalu se había convertido en el plato estrella de las vacaciones. Después de cuatro meses de humos y asfalto en Saigón, necesitaba calzarme unas botas y respirar aire fresco, con el estímulo extra de pasar de 4.000 metros de altitud. Aunque es posible subirlo en un día, es recomendable hacerlo en dos, para que sea más llevadero y para poder llegar arriba antes de amanecer en la segunda jornada.
Subí con Florent, un francés que me encontré el día anterior y que, como yo, viajaba solo. Nos acompañó Yaserín, el guía que sube en sandalias. La Lonely Planet hablaba del excelente estado de forma de estos guías, que ascienden el monte varias veces por semana, pero el nuestro se empeñaba en llevarle la contraria y teníamos que pararnos a esperarle cada poco tiempo. Le pregunté si sus sandalias eran adecuadas para caminar por ese terreno y respondió que sí, y que para la segunda jornada tenía lo necesario en su mochila.


El guía Yasherin

La subida se inicia en Messilau, donde dormimos, a 2.000 metros de altitud, en un paisaje de frondosa selva tropical. En la primera jornada se recorren ocho kilómetros, hasta el refugio de Laban Rata, a 3.272 metros de altitud, donde hicimos noche. Arranca con un denso bosque con árboles de veinte metros y un estrecho camino serpenteante, pero los árboles se van convirtiendo en arbustos y plantas carnivoras y cuando se sobrepasan los 3.000 metros, los arbustos terminan por dejar paso a la roca desnuda. La niebla le daba a todo un aire místico.





planta carnivora

La noche en el refugio fue corta, quedamos con el guía a las tres de la mañana para cubrir los dos últimos kilómetros, más de ochocientos metros de desnivel, antes de que saliera el sol. Yaserín seguía con sus sandalias, la única diferencia con la víspera, el arma secreta que guardaba en su mochila, eran unos simples calcetines.
De madrugada, con la linterna en la cabeza, Florent y yo fuimos adelantando a los grupos de turistas que habían salido antes o los que habían empezado a toda pastilla, sobre todo a los sofocados coreanos, con sus relucientes prendas ad hoc (también las mías lo eran en su mayoría). No íbamos rápido, la empinada subida por las rocas lo impedía, pero encontramos un ritmo que no nos obligaba a pararnos, a pesar de que sí se notaba la falta de oxígeno, los pulmones se llenaban de aire vacío y nos obligaban a jadear más de lo habitual. Casi nos sorprendió encontrarnos con la cima en medio de la oscuridad a las cinco y media de la mañana, faltaban 40 minutos para el amanecer y éramos los primeros en llegar, hacía tiempo que el guía se había quedado atrás. Allí sí pudimos disfrutar unos minutos del sobrecogedor silencio de la montaña y, con un frío que partía las piedras (unos cero grados), esperamos las primeras luces del alba, mientras sonaba el intermitente goteo de los montañeros que iban llegando, incluido Yaserín, que nos sonrió al vernos y se encendió un pitillo. Dio pena tener que bajar con semejante espectáculo delante de nuestras narices, por eso fuimos los últimos en hacerlo.