martes 1 de diciembre de 2009

Dos meses después del tifón

En el mes y medio que llevo trabajando en Manila, he ido adaptándome a la forma de escribir de una agencia, que es todavía más restrictiva que la de los periódicos. Me acuerdo de este párrafo de Kapuscinsky en Los cinco sentidos del periodista, aunque mi caso no sea exactamente el mismo.

"Escribir para una agencia de noticias es un trabajo duro, de gran tensión y nerviosismo, puntuado por entregas al jefe, que pide noticias cortas por aquello de los costos, el tiempo y la competencia. Se hace un periodismo formal y pobre, de no más de 800 palabras. Una tortura".

Por suerte, la agencia Efe vende un producto llamado Crónica, que es un pequeño reportaje en el que cabe más o menos de todo y que deja al redactor algo más de libertad. Desde hace pocos meses, muchas de esas crónicas van acompañadas de vídeo. Hace unos días me fui en busca de lo que queda de las monstruosas inundaciones que destrozaron la ciudad unas semanas antes de mi llegada. El taxista me iba diciendo hasta donde llegaba el agua hace un mes por cada sitio que pasábamos, pero me insistía en que ya no quedaba ninguna zona inundada. Al final, tras mucho preguntar, dimos con un barrio de chabolas en el que los vecinos se han acostumbrado a vivir con el agua hasta la rodilla. Paseé por la zona, hablé como pude con los vecinos, me monté en las balsas en las que se mueven, visité una de las chozas y llené de agua el interior de mis botas de goma, no lo bastante altas. De aquellos lodos, salieron este vídeo y esta crónica.





Miles de filipinos aún viven en zonas inundadas dos meses después del tifón

Manila, 28 nov (EFE).- Dos meses después de que la feroz tormenta tropical "Ketsana" inundara más de la mitad de Manila, miles de filipinos subsisten en insalubres chozas anegadas por el agua, que les obliga a desplazarse a bordo de precarias embarcaciones.
Esa situación afecta a unas 400.000 personas, según la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas, la mayoría habitantes de los andurriales de la metrópolis filipina.
Taytay, un arrabal de la capital situado junto a la Laguna de Bay, es desde el paso del "Ketsana" un inmenso cenagal en el que sus habitantes conviven con el agua ponzoñosa que llega hasta la rodilla de los adultos, y ha transformado las callejuelas en canales.
Los lugareños se mueven con asombrosa naturalidad en improvisadas barcas construidas con tablas, troncos, basura, trozos de corcho y bidones vacíos sobre las que las niñas colocan sillas de plástico para preservar de la porquería su impoluto uniforme escolar.
Otros niños tienen menos remilgos y se revuelcan en las zonas menos profundas, sin que sus padres parezcan preocupados por la latente amenaza de la leptospirosis, una enfermedad bacteriológica provocada por la contaminación del agua por excrementos de ratas que ha causado 167 muertes en Manila desde las inundaciones.
A la Administración ni a los residentes de esta barriada parece extrañar que la profundidad del agua en las calles supere el medio metro cuando ya han transcurrido dos meses desde que se produjo la tromba de agua, y tampoco hacen nada para remediar la situación.
Este barrio es uno más de entre los muchos de Manila que tienen obstruidos los sistemas de drenaje a causa de la acumulación de basura y las remodelaciones urbanísticas realizadas a libre albedrío.
"Los días después del tifón, todo era agua, llegaba bastante más arriba de la cintura en zonas que ahora están casi secas, pero ahora estamos muy bien", comenta a EFE sin perder la sonrisa Cecile, una vecina de la zona que no se plantea irse a vivir a otro sitio por miedo a que su marido, conductor de autobús, no encuentre trabajo.
Otros no tienen opción, el Ejército lleva semanas evacuando a cientos de familias de las zonas más próximas a la laguna a unas viviendas sociales en la localidad de Montalbán, más alejada de la capital.
"Es cierto que a algunos les obligamos a mudarse, pero las condiciones de vida junto a la laguna son insalubres y no nos queda más remedio, el Gobierno ha prohibido vivir ahí", argumenta Ramiro Torrentino, responsable municipal de Asuntos sobre la Pobreza.
Randy, de 37 años, es uno de los elegidos por el Gobierno para trasladarse a las viviendas sociales, pero no sabe cuándo llegará su turno y mientras espera, sigue reparando el tejado de su chabola con entusiastas golpes de martillo.
"Soy electricista y no quiero mudarme, cerca de Manila siempre encuentro algún trabajo, pero en la nueva ciudad será más difícil", se lamenta con resignación.
Las familias que creen que su traslado puede ser inminente se apostan con sus bártulos a un lado la calle principal del barrio, la única totalmente libre de las aguas y el lodo, a la espera de que los miembros del Ejército que rondan por la zona les den permiso para montarse en los remolques de los camiones que les llevarán a su nuevo hogar.
Los que se quedan seguirán viviendo en condiciones insalubres y desplazándose en sus peculiares embarcaciones durante al menos un mes más, según las previsiones más optimistas.
Torrentino vaticina que "si continúa el clima seco de las últimas semanas, a finales de año ya habrá desaparecido el agua". EFE
El paso de "Ketsana" y del tifón Parma dejó un aterrador balance de 46.000 casas totalmente destruidas y 261.000 viviendas con daños parciales.

domingo 15 de noviembre de 2009

Cara de tonto

Parece que me han visto cara de tonto, seguramente con cierta razón. A veces me libro de los timos, cuando son de una obviedad casi enternecedora. Pero por mi calle rondan algunos profesionales que no lo hacen tan mal.
Como soy despistado, suelo chocar con algunos peatones. No voy por ahí empujando, como cuentan de los chinos, pero de vez en cuando me como a alguien por estar demasiado absorto en mis tonterías. No iba especialmente despistado el otro día, cuando sentí un violento choque con alguien. Cuando me fui a disculpar, vi volcados en el suelo dos envoltorios tipo Mc Donalds llenos de arroz. Al lado, agachado, un hombre se afanaba en recogerlo, sin hacer caso a la disculpa. Tendría unos 50 años y era tuerto. Entonces lo entendí todo.
Entendí ese mismo choque, con la misma violencia artificial, de hace unas semanas, la primera noche que pasé en mi casa. Era el mismo envoltorio, quizá el mismo arroz que nadie se comerá nunca, el mismo hombre con harapos y ese inconfundible ojo blanco. Aquella vez me sentí culpable, encima de que tiene poco le ando tirando la cena, pensé. Sin que él me pidiera nada, sin que se volviera siquiera, le di algo de dinero, 100 pesos (1,5 euros), creo, suficiente para que se comprara lo mismo o algo mejor y para tranquilizar mi conciencia.
También entendí que apenas me diera las gracias por aquello. Entendí todo eso en un segundo, le miré, y seguí mi camino sin decir nada. Entonces, dejó el arroz en el suelo y saltó como un resorte a por mí.
“Ya me lo has hecho una vez”, le dije sin apenas mirarle.
Primero adoptó la estrategia de dar pena, “mi comida, me la has tirado”, repetía en un tono lastimoso. Sin parar de caminar, le dije por segunda vez que ya me lo había hecho y entonces cambió de táctica y se puso a emitir ruidos supuestamente amenazantes, parecidos a los de un gato cuando se enfada, y me exigía dinero con tono autoritario. No sé qué hubiera pasado en un callejón oscuro, pero la calle tenía la animación habitual, así que seguí andando sin hacerle caso, hasta que se extinguieron los ruidos felinos. No volví a mirar atrás, supongo que volvió a recoger el arroz olvidado e intentó sacar provecho de la mala conciencia de algún turista con cara de tonto.

jueves 5 de noviembre de 2009

Estampita filipina

No me gusta la zona en la que vivo. De día no está del todo mal, pero en cuanto se pone el sol empiezan a aparecer mujeres de moral distráida y vendedores de viagra (sí, me lo han ofrecido) que hacen negocio con con los sesentones occidentales que se dejan caer por allí. Además, hay obras y troqueladoras y aparatos que hacen un ruido insoportable y grúas gigantescas moviéndose que no se paran en las 24 horas del día. Aún recuerdo la rotundidad del agente que me enseñó el piso cuando le pregunté por el rascacielos que están construyendo a unos pocos metros: "No se preocupe, la ley sólo permite las obras de 9 a 5 y los domingos por supuesto que no trabajan, aunque no le puedo asegurar lo de los sábados".
Estoy pensando en comprarme un fusil, no sé si para disparar a ese simpático farsante o para reventar los focos con que los obreros iluminan las obras durante toda la noche todos los días de la semana.
De día no es tan sórdido, aunque siempre que paso hay un monumental atasco. Por suerte voy andando a trabajar. En ello estaba el otro día cuando se me acercó un hombre de unos cincuenta años y gruesas gafas de pasta que me recordó mucho a Woody Allen en Granujas de medio pelo. "¡Buenos zapatos para caminar!", exclamó señalando mis playeras. Seguí mi camino mientras él me preguntaba de dónde era y me decía que una hermana suya iba a trabajar de enfermera en Madrid.
"Espere, le voy a dar mi teléfono para que me llame si quiere darme algún consejo", me dijo. Primero le dije que tenía prisa, pero insistió y no vi ningún problema en coger su número sin comprometerme a nada.
Señaló las escaleras de un restaurante algo apartado de la carretera: "Vamos a sentarnos allí para que pueda escribir". Como ya le había dicho que sí, le seguí. Sacó del bolsillo una libreta, un boli y su cartera.
-¿Cómo son las carteras en España?
-No tienen nada que las distinga, no la compré en España, le respondí medio mosca.
-Mire la mía.
La cogí un par de segundos y se la devolví, mientras trataba de entender de qué iba todo eso.
-Me gustaría ver cómo son las de España, ¿no me la podría enseñar?
Definitivamente, el granuja me vio cara de tonto. Me despedí y me fui preguntándome si ese método tan burdo le habría funcionado alguna vez.

miércoles 28 de octubre de 2009

El jardín de Tom

Tom, el vigilante de seguridad de la oficina comercial de Saigón, con un parecido más que razonable con el sargento García de la vieja serie del Zorro, es uno de los tipos más entrañables que conocí en Vietnam. La oficina está en una bonita villa colonial con un pequeño jardín a la entrada que Tom cuida con un mimo exqisito, sin que nadie se lo pida. Al lugar le quedan pocas semanas de vida, la oficina se traslada y la vieja villa será derribada, quién sabe si para poner en su lugar una de esas enormes torres que gustan a los dirigentes del país. Pero incluso sabiendo eso, Tom ha seguido en los últimos meses cuidando el jardín como si fuera a durar siempre, podando donde había que podar, arrancando malas hierbas y asegurándose de que la parra crece en la dirección adecuada para que los que allí trabajan recorran ese trozo de jardín bajo una agradable sombra. Me recuerda a esos Cuidadores de mundos que tan bien nos contó el amigo Ander.

Tom sólo habla cuatro palabras de inglés y yo tres de vietnamita, pero nos llevábamos bien. Un día distinguí un reptil de tamaño considerable sobre una rama y me quedé un rato mirándolo. Seguramente sea algún tipo de lagarto con habilidades de camuflaje, pero mi ignorancia fantasiosa decidió que era un camaleón y así lo llamaré desde ahora. No era un juicio infundado ya que cambiaba de color para pasar inadvertido. Recordando mis viejos tiempos de cazador de lagartijas, intenté agarrarlo, pero me faltó arrojo y se me escapó. Tom no perdió detalle y a los pocos días, cuando llegué por la mañana al trabajo no me dedicó el habitual y entusiasta “good morning”, estaba muy alborotado y se puso a repetir mi nombre y a hacerme gestos nerviosos para que le siguiera: había cazado el camaleón y lo tenía en la mesa de su garita. Lo tuve un rato en la mano y probé sus habilidades de camuflaje colocándolo sobre mi camisa. Evidentemente, no adquirió el color azul de la prenda, pero sí que iba cambiando a tonos próximos. Tom pretendía que me lo llevara a casa, pero ya tuve bastante con el mono y al cabo de un rato y alguna foto, lo dejé sobre la rama. Poco a poco fue adquiriendo un color marrón y se volvió casi invisible.

La escena se volvió a repetir alguna que otra vez, cuando Tom capturaba ejemplares especialmente grandes y los retenía hasta que yo los viera. Un mediodía de septiembre, cuando salía a comer, Tom me asaltó haciendo grandes aspavientos. “There, animal, big”, me decía sin parar de gesticular y señalando un edificio de la acera de enfrente. Me acerqué y vi a una decena de vietnamitas que se divertían con un reptil de unos 70 centímetros al que habían atado las patas y la boca. Me dijeron que se lo iban a comer y luego me lo intentaron vender por 250.000 dongs (unos cinco euros). Me negué, pero me dio pena y les ofrecí 50.000. Aceptaron encantados y volví al jardín al más puro estilo Liberad a Willy, aunque Tom lo retuvo unos minutos más y el burro de él (con cariño) intentó alimentarlo con migas de pan que casi lo dejan apto para la olla.

Estos días me estoy acordando de aquellos bichos, no sólo porque mola trabajar junto a un jardín con animales que jamás pensé ver fuera de un zoo o porque echo en falta zonas verdes en mi nuevo destino, sino porque me hubiera venido muy bien tener uno en casa. O al menos un geco como los que se vivían en mi habitación vietnamita. Y es que mi nueva morada está infestada de cucarachas. He colocado varias trampas con veneno en lugares estratégicos, he rebajado mi esperanza de vida varios años a base de insecticida y he dejado más de una mancha desagradable en las paredes, pero siguen apareciendo con desafiante insistencia. Por eso me vendría muy bien un depredador como aquellos que se paseaban por el jardín de Tom.


El reptil con la miga de pan en la boca

jueves 22 de octubre de 2009

¿Un país vomitivo?

Cuando por fin tomamos tierra, mi estómago dijo basta. Sólo le había pedido que aguantara hasta que terminara el vuelo y lo cumplió al pie de la letra. Con el avión todavía rodaba por la pista de aterrizaje, cogí la bolsa de papel que tenía enfrente y eché enterito el desayuno, almuerzo o aquello que me hubieran servido un par de horas antes, después de casi 24 horas entre aeropuertos y aviones uno pierde la noción de casi todo. Una vez terminada la primera tanda de la operación papillas (luego vendrían dos más antes de bajar del aparato), la simpática (y bigotuda, todo sea dicho) filipina que se sentaba a mi lado me dijo con cierta sorna que lo primero que había hecho al llegar a su país era vomitar.

¿Quiere esto decir que Filipinas es un país vomitivo? No creo que ninguno lo sea, aunque poco puedo decir: desde que llegué el viernes por la noche a Manila apenas he visto nada más que las paredes del apartamento donde me aloja estos días mi compañero Carlos y las de la oficina, a unos 200 metros. Voy a trabajar y a vivir en Makati, el distrito financiero de Manila, apresado entre rascacielos, franquicias de cómida rápida y centros comerciales. Todo es de una artificalidad desasosegante, ya añoro mi viejo callejón vietnamita con sus mercados callejeros, sus ruidosos vendedores ambulantes, sus bulliciosas tascas de pho y mi atenta frutera. Al menos la casa que he elegido (hoy, por fin) está en el límite de este distrito y muy cerca he visto un mercado ambulante y niños jugando en la calle. Eso sí, viviré en un pequeño apartamento en el piso 19 de una torre de más de 30.

A pesar de todo, sería mucho decir que el país es vomitivo. Una buena manera de averiguarlo es estudiar las costumbres culinarias. Ya he dicho que en Makati no es fácil porque estoy rodeado de establecimientos uniformes de comida rápida. La noche que llegué, arrastré mis huesos hasta el "restaurante" más cercano: un Kentucky Fried Chicken. A priori no me iba a ofrecer nada suculento ni me iba decir nada de los gustos gastronómicos del país, pero mi única urgencia era llenar el estómago antes de echarme a dormir. Estaba equivocado. Mi primera lección de gastronomía filipina fueron unos muslos de pollo frito servidos con un bollo de pan azucarado. No es que estuviera malo, pero defrauda las expectativas, igual que los palitos de pan -dulces- que me he comprado esta tarde o la ensalada de pasta y atún -dulcísima- que me han servido este mediodía. De esta dulcemanía filipina sólo salvo, de momento, un delicioso pollo en salsa de miel y limón. El resto es muy empalagoso y se libra por los pelos de ser vomitivo.

Más allá de sus extrañezas culinarias, de momento sólo puedo decir que los filipinos son amabilísimos, que los guardas de seguridad armados con impresionantes trabucos antediluvianos dedican un entusiasta "good morning sir" a todo el que entra a un establecimiento, que los vasos de los restaurantes de comida rápida son de cristal, las mujeres también fuman y algunos centros comerciales tienen entradas diferenciadas para hombres y mujeres. Hay muchos más gordos que en Vietnam (azúcar y más azúcar) y el mejor sitio en el que he comido -el restaurante español La Tienda- sirve bacalao a la oriotarra y tiene colgado en la pared el póster de la casi gloriosa Real Sociedad de la temporada 2002-2003 .

PD: Ahora que tengo casa y ya me puedo instalar, espero quitarle al blog la gruesa capa de polvo. A los que sigan por allí y a los que se hayan tropezado con esta bitácora: bienvenidos a Filipinas. Y sí, ya sé que tengo que cambiar la cabecera, pero dadme tiempo. Además, queda pendiente alguna que otra historia vietnamita.

martes 29 de septiembre de 2009

Gap lai

Me quedan menos de tres horas para coger el taxi que me lleve al aeropuerto y me introduzca en
una locura de veinte horas y cuatro escalas. El año termina, pero no el blog, cuyo tiempo va muuucho más despacio que el real, queda alguna historia que contar. No sé si me dará tiempo a escribirlas en casa o lo haré ya desde Manila, donde voy a trabajar a partir de finales de octubre. Tengo la maleta sin hacer y una mezcla de pena, alegría por volver y sobre todo inconsciencia, todavía no me creo que este año haya terminado ya. Pero estoy seguro de que volveré a este país, sólo le digo hasta luego: gap lai en vietnamita.

viernes 25 de septiembre de 2009

De avestruces, monos y perros

La semana pasada hice un viaje en bici de cuatro días por las montañas de Vietnam. Fue perfecto, con todos los contratiempos necesarios para que un viaje así termine siéndolo, y lo contaré en unos días, cuando termine de hacer todo lo que tengo que hacer antes de que mi año en Vietnam se termine (snif) este martes. De momento os dejo dos vídeos con dos de los momentos más divertidos del viaje.

El primero es el de mi cabalgada en avestruz, a pocos kilómetros de llegar a la ciudad de Dalat, en las montañas del centro. Muy divertido, pero cuando le cogí gusto el avestruz dijo que ya bastaba. Mi compñero Cimbeles ya montó hace unos meses y desde entonces me moría de envidia.




El segundo vídeo está filmado en Giao Bac, un pueblo perdido en las montañas en el que tuvimos que pasar una noche. El simpático mono que tenía la familia se aburría y reclamaba las atenciones del perro. Seguramente hayan crecido juntos, es enternecedor ver lo bien que se llevan, aunque sean un poco bestias en sus juegos.