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lunes, 25 de abril de 2011

Semana Santa 2.0

He pasado unos días de inmersión cultural en la Semana Santa filipina más salvaje. A las crucifixiones y flagelaciones que ya presencié el año pasado, se ha unido el calvario, una tradición brutal que consiste en moler a palos al penitente para que expíe sus pecados. Creo que es la más bestia de las que se han dado estos días por la provincia de Pampanga. El ambiente que se vive en esta región al norte de Manila durante la Semana Santa es curioso: a cualquier hora del día o de la noche desfilan por los pueblos grupos de penitentes. Algunos van atados a una cruz de unos dos metros de alto que cargan a la espalda, otros arrastran una más grande de unos 50kilos de peso, otros se flagelan, algunos salen incluso solos con la cruz a cuestas para expiar sus pecados, siempre con naturalidad y sin darse importancia. La gente no se para a mirarlos (bueno, en eso influye que el paseante es una rara avis en Filipinas), como si alguien de Irún se encontrara a una cuadrilla tocando el redoble y el txilibito en sanmarciales. Pese a algún problema inesperado con la autoridad, pude grabar las crucifixiones y el brutal calvario de golpes.




Este vídeo es el más bestia.

Buenísimas fotos de crucificados y flagelados de Biel Calderón.

Textos aquí y aquí.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Dioses y héroes

En Filipinas, un país donde el 80 por ciento de la población muestra un catolicismo ferviente, hay pocas dudas sobre quién es el verdadero Dios, pese a la importante presencia musulmana al sur. Tampoco se cuestiona el nombre del héroe nacional, José Rizal, mártir de la revolución contra los colonos españoles, que lo ejecutaron en 1896, demostrando una vez más la fina estrategia negociadora de España a lo largo de la Historia.

Es probable que Manny Pacquiao, que este domingo logró su octavo título mundial de boxeo en otras tantas categorías (nadie lo hizo nunca antes) sea las dos cosas a la vez. No cabe duda de que es un héroe, el hombre que saca a Filipinas del anonimato y el único que compite con tifones, masacres, asesinatos, terremotos y volcanes por acaparar los titulares de la prensa mundial. Viendo con qué pasión lo admiran sus compatriotas, cómo se paraliza el país cada vez que se sube a un cuadrilátero, cómo incluso las guerrillas comunistas y musulmanas del sur detienen su actividad para ver el combate (y celebrarlo después) no me extrañaría que con los años acabe convirtiéndose en una figura divina.

Viví la pelea en un viejo polideportivo de Manila, apretujado junto a miles de filipinos de clase media o baja que observaban la pantalla gigante esperanzados, que jaleaban cada mandoble del púgil filipino y se carcajeaban con una risa infantil cuando le asestaba a su adversario un golpe especialmente violento. La prohibición de bebidas alcohólicas en el recinto evitó que se desmadraran demasiado, incluso la celebración pareció fría por momentos, pero todos desprendían una felicidad genuina.

Y reconforta ver esa satisfacción en los rostros de este alegre país, maltratado por la naturaleza, colonizado por tres países distintos (España, Estados Unidos y Japón) en los últimos 120 años, lastrado por una corrupción salvaje, donde más de un tercio de la población vive por debajo del umbral de la pobreza. Sus esperanzas se limitan a menudo al más allá, a las promesas de una religión que abrazan con fervor. De vez en cuando, Pacquiao compite con las alturas celestiales y regala a sus compatriotas una alegría terrenal, les hace soñar, les demuestra que tener orígenes pobres (él se dedicaba a vender bollos en una bicicleta) no siempre impide alcanzar la gloria, aunque en la práctica las hazañas del boxeador afecten a sus vidas tanto como las promesas del otro mundo.

domingo, 4 de abril de 2010

Crucificados por la salud de los suyos

Alguno habrá visto en los telediarios los vídeos sobre las crucifixiones en Filipinas, que se repiten todos los años. Las más famosas y multitudinarias son las de un pueblo llamado San Pedro de Cutud, las que salieron en todos los informativos, pero fui a cubrir las de una aldea más pequeña, Arrayat, en la que todo es más improvisado y más cutre, pero con más encanto.
Se sacrifican de ese modo porque creen que así se aseguran la buena salud de sus familias, sin hacer caso a lo que dice la propia Iglesia Católica del país, que no recomienda los actos, aunque tampoco se opone con contundencia. Impresiona y asusta ver lo seguros que están, aunque ellos se lo guisan y se lo comen y no hacen daño a nadie salvo a sí mismos. Y impresiona ver también con qué entereza soportan los cortes y los clavos, sin aspavientos ni ninguna concesión a la galería, sin dar un solo grito y reprimiendo las muecas de dolor.
Hace unos días, hablé con uno de ellos, Marlon Yusi, de 31 años y que se lleva crucificando desde los 16 años. Está convencido de que unas manchas que le aparecieron a su hija en la piel se le borraron gracias a su pentencia.
Noel Cojungco cree que la salud de su padre ha mejorado un poco gracias a que se flagela desde hace cinco años. Aquí lo contaban hace unos días.
y aquí está la crónica que escribí.
Dejo los dos vídeos que edité, más o menos.




miércoles, 13 de enero de 2010

Se armó un buen cristo

El sábado fui a cubrir la procesión del Cristo Negro de la iglesia de Quiapo, que se celebra desde hace 403 años en Manila y que vuelve locos a millones de devotos por sus supuestos poderes milagrosos. Cuelgo la crónica y dejo un link para ver el vídeo, sólo lo he encontrado en un canal de MSN y al parecer no dejan a la competencia de blogger colgar vídeos de su página. Esta vez locuto con un cálido acento sudamericano. No os asustéis si veis que los vídeos que aparecen son de culebrones, poniendo cristo negro en el buscador de la página aparece.

La locura se apodera del gentío que escoltó al Cristo Negro por Manila

Manila, 9 ene (EFE).- La tradicional procesión del Cristo Negro de Quiapo desató la locura entre la muchedumbre que siguió hoy a la venerada imagen tallada en México por las calles de Manila, donde una persona murió pisoteada y otra de un ataque al corazón.
Cerca de 2 millones de personas apretujadas escoltaron a esta imagen religiosa a la que sus devotos atribuyen poderes milagrosos desde que llegó a Filipinas, hace más de cuatro siglos.
Durante el recorrido, un ataque cardíaco acabó con la vida de un hombre de 42 años, y otro de 40 años falleció aplastado por la turba tras caer de la carroza en la que transportaban la talla.
Otras 400 personas precisaron asistencia médica, aquejadas según la Cruz Roja, de lipotimias y heridas en los pies, ya que gran parte de los devotos realizaron descalzos este recorrido de seis kilómetros por el centro de la capital filipina.
Al grito de "Viva Nazareno", los fieles católicos se abrían paso a empellones para tocar la estatua y buscaban enfebrecidos un hueco con el fin de tener el privilegio de agarrar las cuerdas con las que decenas de cofrades tiran de las andas sobre las que trasladan al nazareno.
Esa marabunta, sobre la que la que siempre pende la amenaza de una estampida, es territorio exclusivo de los hombres, mientras que las mujeres se conforman con agitar sus pañuelos y lanzar pequeñas toallitas a los hermanos sobre la "karosa" (carroza en tagalo) para que toquen con ellas el Cristo y se las devuelvan benditas.
Una de esas fieles, Juanita de Castro, convencida de las propiedades milagrosas de la estatua, aseguró a EFE que el Cristo curó el pasado año un cáncer de hígado terminal a su hermano.
"Los médicos ya no tenían ninguna esperanza, decían que no había solución, pero ocho meses después de venir a esta procesión, la enfermedad había desaparecido, vengo a dar gracias por ello", explicó esta mujer ataviada con la colorida indumentaria de su cofradía.
En esta 403 edición de la marcha, la Policía desplegó 1.500 efectivos para garantizar la seguridad, el doble que el pasado año, ya que la afluencia se multiplicó a raíz de las desgracias causadas por las numerosas catástrofes naturales que se cebaron con el país en 2009.
El evento, como ocurre cada año, atrajo también a la legión de carteristas, que hicieron de nuevo su agosto aliviando el peso de los bolsillos de los feligreses y también los de algunos policías a cargo de evitar el azote.
Aunque el Nazareno Negro sale de la iglesia de Quiapo en otras dos ocasiones a lo largo del año, en Viernes Santo y el 1 de enero, hoy fue el día por excelencia para todos sus fieles y conmemoró la fecha en que la figura se trasladó desde el antiguo barrio español de Intramuros a su actual morada.
La escultura arribó a Manila el 31 de mayo de 1606, traída por misioneros agustinos recoletos desde México en un galeón que, según la leyenda, se incendió y dio a la talla del Cristo su inigualable color negruzco, aunque otra versión asegura que la estatua fue hecha por un artesano azteca en México, que la concibió oscura a su imagen y semejanza.
Dos siglos después, ya instalado en Quiapo, el Cristo Negro se alzó como uno de los referentes religiosos más importantes de Manila, la capital de la única nación de mayoría católica de Asia.
Sus fieles atribuyen al Nazareno Negro incontables milagros y sacan a relucir con frecuencia que sobrevivió los grandes terremotos de 1645 y 1863, a los incendios que carbonizaron la Iglesia de Quiapo en 1791 y 1929 y al bombardeo de Manila durante la Segunda Guerra Mundial, en 1945. EFE