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jueves, 4 de noviembre de 2010

"Beret"en Hanoi

Uno se siente un poco saigonita por el año pasado allí. Además, después de vivir en Manila, la ciudad me parece ahora una concentración de joyas arquitectónicas y un ejemplo de la preservación de los edificios coloniales. El alocado tráfico de motos me parece una bendición, tan caótico pero tan vivo, frente al atasco perenne de algunas calles manileñas, con el humazo negro de los jeepneys (vehículos de transporte público de los que ya hablaré otro día) que haría palidecer (más bien ennegrecer) a la más fiera manada de ciclomotores vietnamitas.

Pero hoy quería hablar de Saigón y Hanoi, no de Manila. Más allá de mis motivos personales para tenerle cariño, Saigón es una ciudad que cae simpática al recién llegado, los franceses la trazaron con maestría y es fácil orientarse en sus amplias calles, la gente es abierta y habla inglés, casi siempre hace sol y todos los lugares de interés turístico están más o menos apelotonados en el centro. Hanoi, en cambio, no entra tanto por los ojos: nada está realmente pensado para el turista, la ciudad no está tan bien diseñada porque los númerosos lagos lo dificultan, todo está lejos de todo, hay mucha menos gente que habla inglés y encima no sonríen tanto. La semana pasada volví después de más de un año, con motivo de la XVII cumbre de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), que me tocó cubrir.

Es cierto que Hanoi parece una ciudad tosca para el visitante, más oscura, de calles estrechas, desordenada, y desconfiada ante la modernidad, al contrario que su abierta vecina del sur. Sin embargo, me quedaría con ella si no fuera por las vivencias que me unen a Saigón. Los lagos desordenan el trazado urbano, sí, pero la oxigenan y convierten sus alrededores en parquecillos aptos para el paseo, algo insólito en esta parte del mundo. La comida es aún más exquisita que en Saigón, los vendedores no son tan pesados y el clima varía con las estaciones, prácticamente inexistentes en el sur.

Podría seguir justificándome aportando razones más o menos racionales, pero seguiría obviando el verdadero motivo por el que en Hanoi me siento un poco como en casa: los viejos llevan boina. Ya lo comentamos aquí en los principios de este blog, una herencia de los franceses.

Después de un largo día de tecleo en el centro de convenciones, el viernes pasado me fui a cenar una sopa de anguila a una tasca cercana a mi hotel (60 céntimos de euro por plato) y a la vuelta paré a tomarme un batido en un pequeño café. En la mesa de al lado vi a uno de esos fascinantes ancianos con txapela, que si no fuera por los ojos tipo rendija, parecería sacado de la plaza de enfrente de mi casa en Irún. Observaba una partida de ajedrez chino de la mesa de al lado y como no tenía otra cosa que hacer mientras esperaba mi bebida, me levanté para mirar yo también e intentar entender el misterioso juego. El viejo me ofreció asiento en su mesa y me quedé con él observando la partida de los dos jóvenes de al lado.

Al cabo de un rato me cansé de mirar y no entender nada y señalé la boina, con un torpe balbuceo de mi olvidado vietnamita aderezado con gestos para decirle que en Tay Ban Nha (España en viet) se usan ese tipo de sombreros.
El viejo sonrió, se tocó la txapela y respondió: "¡Beret, beret!", en un amago de pronunciación a la francesa. Se la quitó y me enseñó el interior, como para remarcar que era de calidad. Después me enseñó a pronunciar la palabra en vietnamita, “mui noi”, e intentó seguir hablándome, pero mis conocimientos dan lo que dan. Terminó rescatando sus recuerdos de francés, para decirme que estudió la lengua con 15 y 16 años, pero a sus 81 la tiene olvidada. Con nuestra conversación sobre boinas agotada, volvimos a centrarnos en la partida de al lado. Cuando nos despedimos con un afectuoso apretón de manos, vovió a tocarse la boina y con una sonrisa cómplice, repitió la palabra mágica: “beret”.

jueves, 27 de mayo de 2010

Por fin en Filipinas

"Hey, Joe!". Siempre que paso por su esquina, los conductores de pedicab -un sidecar a pedales que sustituye al taxi en gran parte de Filipinas- me dedican el mismo saludo acompañado de media carcajada, sin importarles mi nacionalidad, para ellos todos los blancos somos americanos. Suelen pasar el día entre risas, a veces colocan un desteñido tablero de ajedrez en la acera y mientras dos juegan en cuclillas, el resto observa la partida. Aún no me atrevo a jugar con ellos, sospecho que me apalizarían.

La calle de enfrente se cierra al tráfico entre las seis y las ocho de la tarde porque es la hora del partido de baloncesto para los jóvenes del barrio, que utilizan una única canasta colocada en la acera y las líneas pintadas sobre la calzada. Pese a la supuesta ventaja de mi estatura, tampoco me atrevo a unirme por los mismos motivos arriba explicados.

Cuando cae la noche, en las esquinas florecen los chiringuitos que venden todo tipo de vísceras a la parrilla. A partir de las nueve comienza a recorrer la zona un vendedor a pedales al grito de "baut, balut", el huevo ya fertilizado y con el embrión dentro que tanto gusta a los filipinos. Sobre las once sólo se oye su voz, el ligero ronroneo de una autopista próxima y los lejanos cantos de algún gallo de pelea enjaulado.

Apenas pasan coches por mi calle, los gatos callejeros campan a sus anchas a la espera de que la generosidad de algún vecino sacie su apetito, los niños se refugian del sol abrasador en los cibercafés, en los que se las horas ametrallando soldados. De vez en cuando se deja ver otro vendedor a pedales, con todo tipo de utensilios de cocina enganchados de forma imposible a su vehículo.

A menudo bajo a comer a una carindería, las tascas filipinas en las que te sirven una buena ración de comida local (no tan mala, al fin y al cabo) por poco más de un euro. Las más grandes tienen un karaoke en el que los trabajadores de una obra cercana se distraen interpretando empalagosas canciones de amor.

Queda lejos el ajetreo de mi anterior casa, los timadores, el tráfico que nunca decae, las obras que no paran por la noche, los vendedores de viagra, las masajistas del brazo de "Joes" barrigones, el ruido constante. También me queda lejos el distrito financiero, el estrés, las prisas por cumplir un horario de oficina, las bocanadas de humo tóxico cada vez que se me ocurría moverme en bici, las interminables colas para coger un taxi en el supermercado. Y cada vez estoy más convencido de que aquello tiene muy poco que ver con el resto de Manila, con el resto del país, donde la vida se consume despacio, con una sonrisa regada del omnipresente ron Tanduay y una despreocupación por el futuro desconcertante. Ahora sí, por fin vivo en Filipinas.

jueves, 21 de mayo de 2009

Últimas pedaladas de los ciclos


Uno de los emblemas de Saigón y de Vietnam en general son los ciclos, esos encantadores vehículos a pedales en que los guías locales pasean a los turistas. Pues bien, este símbolo tiene los días contados, a partir del año que viene las autoridades de la ciudad prohibirán su circulación para que no obstruyan el tráfico. En su tiempo, cuando la ciudad era un hervidero de bicicletas y la vida transcurría más despacio estas góndolas a la vietnamita alcanzaron una gran popularidad. Aunque siguen los visitantes foráneos siguen utilizándolos, los ciclos se han convertido en un problema para el saturado tráfico de Ho Chi Minh. La ciudad ha cambiado, han florecido los rascacielos en detrimento de los elegantes edificios coloniales y el leve chirrido de las cadenas ciclistas ha dejado paso al atronador petardeo de las motocicletas.
Los ciclos se han convertido en un anacronismo, un vestigio de los viejos tiempos que el Gobierno quiere erradicar, no caben estas concesiones románticas en el nuevo Vietnam. La prohibición, que las autoridades locales ya han retrasado dos veces desde 2007, se extenderá a todos los llamados “vehículos modificados”, generalmente pequeños remolques a los que se adapta un ciclomotor o una bicicleta. Esto significa que afectará a cerca de 60.000 personas en la ciudad, gente cuya subsistencia depende en gran medida de estos vehículos que sirven a muchos vietnamitas para transportar mercancías y luego venderlas en la calle, una práctica muy común. Sólo se librarán los 150 ciclos que pertenecen a empresas turísticas.
A pesar de que desde hace años el tráfico de ciclos está restringido a algunas calles y en determinados horarios (al mediodía y por la noche), el anuncio de la prohibición total ha caído como un jarro de agua fría en un colectivo caracterizado por su precaria situación económica.
Hoang, de 45 años, lleva 18 ganándose el pan a golpe de pedal. En un muy buen día se lleva en torno a 20 dólares, en uno malo, se vuelve a su casa sin un dong (moneda local) que echarse a la boca después de una jornada de 15 horas apostado en una esquina.
“No me gusta la nueva ley, con este trabajo me gano la vida y puedo pagar un colegio inglés para mis dos hijos varones. Dentro de seis meses, seguramente tenga que convertirme en xe-om (taxista en motocicleta), pero para eso tengo que comprarme una moto y además no se gana tanto dinero”, afirma sin tapujos. Una de las razones por las que el Gobierno va a prohibir los ciclos es que trabajan sin ningún tipo de licencia y no pagan impuestos. Pero Hoang se defiende: “A nosotros no se ha dirigido nadie, yo estoy dispuesto a pagar impuestos si es necesario, pero nadie nos ha preguntado nada”.

Hoang con su ciclo

En sus años de conversaciones con los turistas, Hoang ha conseguido aprender inglés, lo que le otorga una innegable ventaja competitiva. Otros, como Tram, que a sus 70 años lleva dando pedales desde que terminó la guerra (1975), sólo hablan vietnamita y sus ingresos son notablemente inferiores. “Gano de media entre 2 y 5 dólares al día, a veces menos, pero es el único trabajo que sé hacer”, dice resignado, sin atreverse a criticar la nueva ley “porque no puede hacer nada”.

Tram pertenece a la vieja generación de conductores de ciclo, la de aquellos que una vez terminada la guerra sufrieron la sutil represalia del Gobierno victorioso por haber luchado junto a los americanos: se les cerró el paso a cualquier empresa pública y no les quedo otra alternativa que dar pedales.
Consciente del drama humano que se esconde detrás de la prohibición, el Gobierno ha prometido ayudas a los conductores que se queden sin trabajo, lo que ha disparado los rumores: muchos creen que recibirán 5 millones de dongs (en torno a 220 euros) por su viejo vehículo. “Todo el mundo habla pero nadie sabe, prefiero no hacerme ilusiones”, dice Nam, otro conductor que lleva 20 años en la profesión y que se queja de la falta de ingresos regulares.
“Llevamos una época mala y he tenido que acudir varias veces a las mafias para tomar dinero prestado”. Nam cuenta que lo de las mafias es bastante habitual y que muchos de sus colegas recurren a ellas cuando están en un aprieto. El interés es del 20% al mes para una cantidad de 500.000 dongs (22 euros), la que él suele pedir. Si no paga, no le matarán, pero se llevará una buena paliza.
“No sé si conseguiré lo suficiente para comprarme una moto cuando prohíban los ciclos, pero de alguna manera tendré que dar de comer a mis tres hijos”, se lamenta.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Segunda animalada

Uno de los pequeños lujos de vivir en Saigón es el desayuno: un plato hasta arriba de fruta fresca troceada: sandía (nada que ver con la de España), papaya, piña y una misteriosa fruta muy dulce cuyo nombre desconozco. Todas las mañanas salgo a comprar la misma ración a un puesto callejero por unos 40 céntimos de euro.
Ayer volvía a casa con mi desayuno cuando me abordó un hombre de aspecto descuidado. Es probable que él supiera quién era yo, todo el mundo nos conoce en el callejón, pero yo no tenía ni idea de quién era él. Soltó una parrafada en vietnamita y me ofreció un bote fabricado con un trozo de tubería en el que había... ¡¡una tortuga!!
Vaya, pensé, quizá conozca mi historia del mono y quiera ayudarme a montar el zoo en casa. El bicho era de tamaño considerable, más o menos como mi mano. Le dije que no, pero él insistía, sin parar de hablar, lo único que le entendí es que no quería dinero. Intenté decirle que no podía ocuparme del animal y que tenía que irme a trabajar, pero no había manera de comunicar.
Al cabo de unos minutos llegó una mujer que hablaba inglés y ejerció de intérprete. El hombre quería regalarme la tortuga porque estaba en paro y no podía ocuparse de ella, no quería dinero. “Mi opinión es que no debe aceptarla, no conoce a este hombre”, dijo la traductora. Le hice caso, no por esas razones, sino porque ya había tenido bastante con la mala experiencia del mono.

lunes, 27 de abril de 2009

Esto no es Londres

Comentaba el sábado un parroquiano del tenis que estuvo una vez en Londres y que no se sentía a gusto, que la gente no sonríe, todo el mundo va a lo suyo y nadie se preocupa por los de fuera, nadie habla con nadie. "Aquí en Vietnam -decía- casi todo el mundo es amable, intenta ser agradable con los desconocidos y ayudarles en lo que pueda, no pedimos nada a cambio, simplemente somos felices actuando así".
Este mediodía he comprobado una vez más que la hospitalidad y la amabilidad de esta gente son difíciles de superar. He ido a comer a una de las tascas de mi callejón y, como no había sitio, me han sentado en la misma mesa que una joven pareja de vietnamitas.
Se miran el uno al otro y es ella la primera en dirigirse a mí. Su inglés es muy rudimentario y mi vietnamita escaso, pero pasamos un rato agradable, ella es Van y él es Vu. A los pocos minutos, cuando me terminaba mi plato de sopa de cangrejo, el camarero aparece con otra sopa y la pone en mi sitio. "Es para ti, a nosotros nos gusta y queremos que la pruebes", dice Vu.
Con el estómago lleno, me pongo con la segunda sopa y cuando el camarero trae la cuenta de ellos, me dicen que no me preocupe, que también pagarán lo mío. Hago algún amago de impedirlo, pero sé que aquí es de mala educación rechazar estas cosas así que termino aceptando, a cambio de que quedemos otro día y me dejen invitarles a algo. Se van y pienso que sí, que tienen razón mis compañeros del tenis, me cuesta imaginar a un inglés haciendo lo mismo en un pub de Londres. Al menos a un inglés sobrio.

viernes, 17 de abril de 2009

Vendedoras peligrosas

¿Verdad que parecen inofensivas? Pues no hay que dejarse engañar por las apariencias, esta imagen para mí es tan aterradora como para Tippi Hedren la de los pájaros en los columpios. Esas mujeres pertenecen a la peligrosa especie de las vendedoras.
Cuando llegué en mi moto alquilada al pueblo de Ban Ho, donde viven algunas de las minorías étnicas del norte de Vietnam, me asaltó una horda de amables mujeres que se ofrecieron a llevarme a ver una cascada que estaba a un kilómetro de marcha. Como no admitían un no por respuesta, me fui con ellas. Recorrí el camino de la mano de una niña de tres años a la que su madre había enseñado técnicas para enternecer al incauto turista.
Todas estas simpáticas y dicharacheras mujeres, de etnias hmong y zao, no hablan vietnamita, pero sí inglés, algunas lo aprendieron con profesores extranjeros que pasaron un tiempo en la zona y otras fueron acostumbrando su oído al habla de los visitantes. Llegamos a la cascada y se quedaron esperando en las rocas mientras yo hacía unas fotos, listas para dar el zarpazo. Volví y, no sé muy bien cómo, en cuestión de segundos se formó un círculo a mi alrededor con mujeres que no paraban de sacar ropa, bolsos y mantelerías coloridas de sus cestas y me atosigaban al grito de "you buy from me".
Contaba con que tendría que pagar ese peaje, pero fueron tan pesadas que terminaron por colapsarme, compré una pequeña funda de movil (lo más barato que me habían ofrecido) y me escabullí como pude de la marabunta de mujeres y telas. En el camino de vuelta al pueblo, las temibles vendedoras fueron menos dicharacheras y la niña ya no me dio la mano. Les expliqué que no podía comprarles a todas y que ya había cogido muchas en otros pueblos -era cierto- y fueron comprensivas, encontraron una solución a gusto del consumidor: "No hace falta que compres nada, nos puedes dar un poco de dinero a cada una".

lunes, 16 de marzo de 2009

Schumacher por un día

El sábado nos apetecía airearnos un poco fuera de Saigón y cogimos un barco para ir a pasar el día por los alrededores de Vungtau, la ciudad costera más cercana. Allí, alquilamos unas motos y disfrutamos de los 30 kilómetros de ruta, primero por unas carreteras que no parecían vietnamitas de lo cuidadas que estaban y después por vías más modestas hasta pasar por un poblado de chabolas junto al mar. Estaban tan poco acostumbrados a ver a turistas por allí que eran los adultos y no los niños los que nos saludaban con entusiastas "hellos" al pasar delante de sus casas. Un poco más lejos encontramos la playa limpia y semidesierta de la que Guille había oído hablar y nos metimos con motos incluidas.



A la vuelta, Guille tenía un problema con el freno, no iba a gusto y sospechaba que algo fallaba así que a los pocos kilómetros paró a mirarlo cerca de unos chiringuitos playeros. Sin darle tiempo a bajarse de la moto, dos espontáneos ya habían acudido al rescate y se pusieron manos a la obra sin preguntar nada. Otros dos o tres se quedaron al lado mirando, una costumbre muy de aquí, y menos mal que terminaron en dos minutos, si no medio pueblo habría ido a comprobar qué les pasaba a esos tres extranjeros con sus motos. Nacho y yo también mirábamos mientras Guille debía de sentirse como un piloto de Fórmula Uno en el cambio de neumáticos, el arreglo fue casi igual de rápido. Les dio una propinilla y seguimos el camino. La moto no le volvió a dar guerra.


Guille perplejo ante los espontáneos mecánicos (Foto cortesía de Nacho)

viernes, 9 de enero de 2009

Facebook hanoiense

Durante los cuatro días que pasé en Hanoi tuve encuentros con una decena de periodistas, paseé mucho por los parques, visité algún museo, me corté el pelo en la calle y conocí de forma más o menos fugaz a algunos hanoienses. Sus historias reflejan cuatro maneras muy distintas de vivir en la misma ciudad.


Khanh
Apenas habla inglés, el necesario para venderme un par de libros en un parque. Khanh, de 37 años, recorre las calles de Hanoi con su taco de libros fotocopiados para turistas y su rudimentaria silla de ruedas. Vive en la capital desde hace años, pero se crió en un pequeño pueblo a 150 kilómetros. Es posible que fuera allí donde pasó los mejores años de su vida, hasta que una mina abandonada en el campo le dejó sin piernas cuando tenía 10 años.



Hoa
Cuando me plantearon en la oficina ir a Hanoi a conocer a los periodistas de allí, pedí ayuda a los que conozco en Saigón para que me dieran algún contacto. Nhung no conocía a ningún reportero, pero me pidió que si iba llamara a Hoa, su amiga de la infancia, que me daría buenos consejos para visitar la ciudad. Hoa, que ronda los 25 años, pertenece a una nueva generación de vietnamitas con estudios y altas expectativas profesionales. Trabaja en un banco, tiene un buen sueldo, pero no le gusta su trabajo, le estresa, le gustaría dedicarse a algo relacionado con el comercio internacional.
Se casa este mes de enero y está nerviosa, por la boda en sí y porque casarse supone irse a vivir a casa de sus suegros, así lo manda la tradición, aunque a ella no le guste. No pone reparos en hablar de la falta de libertad del país. "A los vietnamitas sólo les preocupa ganar dinero, su bienestar personal, les da igual la política", dice. Sin embargo, no está segura de que la democracia fuera un sistema adecuado "porque la gente no está acostumbrada".
Cuando habla del control de la natalidad impulsado soterradamente por el Gobierno -"no hay política de hijo único, pero si trabajas para el Gobierno y tienes muchos hijos te penalizan"- explica que casi todos los vietnamitas quieren tener varones y que los hombres toman mejunjes especiales para conseguirlo.
Ella pertenece a esa nueva hornada de vietnamitas que han salido a ver el mundo, que trabajan para empresas extranjeras, hablan inglés y llevan un estilo de vida más occidental, se adivina en ella una lucha entre las tradiciones que se extinguen lentamente y la purpurina de los nuevos hábitos venidos de Occidente. Cuando le pregunto si cree que esos remedios para tener hijos varones son efectivos no lo duda: "Sí, conozco a un hombre que los usa y sólo ha tenido cinco niñas, pero suelen funcionar".



Minh
Minh tiene cinco años y un avión de papel que aterriza delante de mí. Me saluda con un tímido hello, pero enseguida va más allá y me pregunta en inglés mi edad y de dónde soy. Aprovecho para poner en práctica mis magros conocimientos de vietnamita y me entusiasmo al ver que me entiende. En nuestra breve conversación descubro que está impaciente por la llegada de Santacló, y creo entender que va a ir a pasar las Navidades a Saigón. Después, al ver que mi manejo del idioma es limitado, se convierte en mi profesor particular por unos minutos y me indica el nombre de todos los objetos que ve, repitiéndolo las veces que haga falta hasta que lo pronuncio de manera decente. Al rato se acerca su madre, que me pregunta con orgullo materno si su hijo está hablando conmigo en inglés. Me da algo de pena romperle las expectativas, pero, con un orgullo íntimo, le confieso que no, mientras Minh sigue reclamando el protagonismo y repite el nombre de cada objeto que ve hasta que llega su padre a recogerlos.

Tommy
Es el chico para todo en el hotel en que me alojo en mis segundas dos noches en la capital, las que no me paga la oficina. Le hacen los ojos chiribitas cuando le digo que mi anterior habitación costaba 120 dólares por noche (en el suyo vale seis) y en los dos días que estuve por allí, me volvía a preguntar por lo mismo, como si no se lo terminara de creer: “Por ese dinero puedes dormir un mes o dos en mi hotel”. Tiene 18 años y hace dos semanas que empezó a trabajar. Es todo ilusión, no le importa que su trabajo le obligue a vivir allí y a estar disponible las 24 horas del día por menos dinero al mes del que me costó una habitación de hotel. Supongo que las miserias laborales nuestras, el estrés, la falta de vacaciones, los abusos de los jefes y los etcéteras que cada uno quiera añadir le sonaran a chino. O a vietnamita.

martes, 25 de noviembre de 2008

Hospitalidad

Una de las cosas que más me gustan de los viajes es la hospitalidad de los lugareños, esos gestos espontáneos que sólo pretenden que el visitante se sienta bien, sin esperar nada a cambio. Son pequeños detalles que dejan poso. El pasado fin de semana tuve una ración de hospitalidad vietnamita en Hoi An, una ciudad turística en el centro de Vietnam.
El viernes avisé a Phu, mi casero, de que no iría a la pachanga tenística del sábado, me iba a pasar dos días en Hoi An con mis compañeros Nacho, Guille y Caye. Al día siguiente, ya por la noche, me mandó un sms diciendo que tenía un primo allí, que si quería le llamaba para que le conociéramos. No sabía qué contestar, tenía excursiones previstas el domingo y tampoco quería que se sintiera obligado a quedar con nosotros, pero no me dio tiempo a decidir, a los cinco minutos recibí una llamada del primo en cuestión que se presentó como hermano de Phu y me propuso quedar el domingo a las nueve de la mañana. Como quería hacer una excursión por la mañana, le dije que a la una, y en eso quedamos. El domingo, cuando bajé a tomar el desayuno del hotel, sobre las 8.30, recibí una llamada de Tin. Inexplicablemente estaba en la recepción, a pesar de que nuestra cita era más de cuatro horas después. No traté de entender, quizá no pudiera quedar más tarde. Es un hombre de 56 años con un amago de bigote de Fumanchu y un pelajo kilométrico que le brota de un lunar en la mejilla y del que no pude apartar la mirada el tiempo que estuve con él. Me invitó a un café y, con las limitaciones idiomáticas habituales, charlamos un rato. Allí resolví el enigma de su parentesco con Phu: son cuñados.
Después, Nacho se unió a nosotros y Tin nos llevó a dar una vuelta por la ciudad, con parada en su casa, desde donde nos saludó efusivamente su mujer, y con fin de trayecto en la tienda de ropa de su hijo y su nuera, que también nos acogieron como si fuéramos de su familia. Una mente maliciosa podría pensar que querían pescar clientes, pero ni siquiera nos hicieron pasar para ver la mercancía, colocaron unas sillas a la entrada y nos invitaron a sentarnos y pasar un agradable rato con ellos. Al despedirnos, la nuera nos dio su número de teléfono para que les llamáramos si volvíamos. “Si venís otra vez, ni hablar de que vayáis a un hotel, en nuestra casa hay sitio”, nos insistió.


Nacho, la nuera de Tin, el propio Tin y su hijo

lunes, 20 de octubre de 2008

"Ahora somos amigos"

Cuc y Quang ven pasar la mañana del domingo en la calle, sentadas sus sillitas de juguete. Cuando llego a su altura, Cuc (a la izquierda en la foto) me aborda en un buen inglés y me invita a tomarme un café con ellas. Estoy pasando el fin de semana en Vun Thau, la playa de los saigonitas, y mientras mis compañeros se terminan de desperezar he bajado a la calle, así que no tengo prisa, acepto la invitación encantado. Cuc señala a Quang, que mira sonriente aunque no entiende una palabra de inglés. Le gusta escucharlo, le produce cierta fascinación oír el sonido de palabras cuyo significado desconoce, “she likes the pronunciation”.
Cuc habla sin parar pero con calma de su familia, de la vida en Vietnam ("very poor, but now better"), del hijo que murió hace un año, de cómo aprendió inglés en la escuela en los tiempos de los americanos. También habla de otro hijo, que vive en California y que manda dinero todos los meses, mil dólares. A veces se desvía para hablarme de una sobrina, 17 años, “very beautiful”, después de preguntarme si estoy casado, pero no pasa de ahí. Quang, siempre sonriente, asiente a medida que Cuc le explica por dónde va la conversación y de vez en cuando dice que está muy contenta de que me haya sentado con ellas. Me piden que repita sus nombres y Quang suelta una carcajada un tanto infantil cada vez que digo el suyo. Cuc no pierde un segundo y sigue con su tranquila verborrea.
-Nos gusta estar con los turistas, hablamos mucho con los americanos, nos gustan los americanos.
-Pero ellos no se portaron bien aquí.
-No, había muertos todos los días, muchos muertos. Los soldados querían sólo sexo, “fuck”, sólo eso, era duro, "very bad".
No me atrevo a indagar más, a remover mierda. Me cuenta esto y se lo traduce a Quang, probablemente ella también vivió la guerra contra los franceses, rondará los 70 años. No hay ni un rastro de odio en su mirada. Quang, sin que se le borre la sonrisa, hace su intervención más larga, una filosofía de vida resumida en una frase que Cuc traduce al instante:
“No se portaron bien, pero eso fue hace mucho tiempo. Ahora somos amigos".