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sábado, 22 de agosto de 2009

Sueño

Vivir en Vietnam me abre a unos lujos impensables en un país desarrollado. Me voy a dar un masaje prácticamente todas las semanas, como en restaurantes casi a diario, viajo por todo el país a un precio bajo y una noche en un hotel decente cuesta menos de 15 dólares. Son placeres a los que uno se acostumbra rápido pero los cambiaría todos con los ojos cerrados por dormir bien todas las noches. Los vietnamitas demuestran una habilidad asombrosa para quedarse traspuestos en cualquier rincón de la calle o incluso tumbados en su propia moto. Les envidio, sobre todo desde que llegué a este país y mi hasta entonces idílica relación con Morfeo se enturbió de golpe.


El primer inconveniente es el clima, el calor pegajoso y húmedo que sólo desaparece del sur del país en los meses de diciembre y enero. Se arregla con el ventilador y el aire acondicionado, una solución no demasiado sana, pero no he encontrado ninguna más eficaz. Eso sí, se añora el reconfortante peso de las mantas sobre el cuerpo, dormir en una cama hecha y no tirado de cualquier manera sobre un colchón apenas cubierto con una sábana bajera. Cuando llueve refresca, y se agradece, pero la lluvia es tan violenta que el estruendo que provoca al chocar con nuestro tejado de uralita es un despertador infalible. Menos mal que los chaparrones suelen ser diurnos.

El peor mal de este país es sin duda el ruido. Los vetnamitas son en general gente bastante escandalosa, algo así como los italianos de Asia. Durante los primeros meses, nuestro vecino tenía programado a las seis de la mañana un despertador con la melodía del cumpleaños feliz. No sé si tenía el reloj colocado en su azotea o en la ventana para despertar a todo el vecindario, pero terminé por odiar esa melodía, aviso para los que quieran felicitarme el cumpleaños. Que me canten la canción de los payasos. A los pocos meses, el despertador dejó de sonar y tuvimos un periodo de relativo silencio nocturno, si exceptuamos a los niños que lloran y el trajín del callejón a partir de las seis de la mañana, con el vendedor de plumeros que va gritando mientras empuja su bici, el afilador o el hombre de los plátanos.

Esto último lo digo por hacerme el mártir, porque estoy en un tercer piso y no me afecta tanto. Además, tengo la suerte de estar lejos del tráfico y los bocinazos constantes. En realidad, el enemigo más temible del sueño es la muerte, la ajena, claro. Cada vez que fallece alguien en el barrio, al día siguiente se organiza una despedida del féretro al que llevan en procesión desde su casa al cementerio, con una pequeña banda de música incluida. Los músicos tocan a pleno pulmón y en esos casos es imposible no despertarse y cagarse en los muertos del muerto, con perdón. Una mañana que me despertaron y me sentí con ánimo, bajé a filmarlo todo, os dejo una parte y los interesados pueden ver el resto en youtube.







Aquel día, el tendero de la esquina todavía tenía los ojos llorosos cuando le compré unos pastelillos para el desayuno. A la frutera conseguí entenderle que una enfermedad se lo llevó por delante en poco más de un mes, tenía 42 años y era el marido de la peluquera. Dos meses después, la peluquería sigue cerrada. Afortunadamente, sólo ha habido tres o cuatro muertos en el vecindario desde que llegué.


Adaptado ya al calor, sin tener que soportar despertadores horteras, con funerales sólo de ciento en viento, dormir no debería ser un problema de no ser porque al vecino de la calle de atrás le dio por tirar su casa y construir una nueva. Las obras hacen furor en la zona, hay otras tres casas en construcción en la misma calle y acaban de terminar otra.

A las siete de la mañana los obreros empiezan a picar lo que sea que pican, a cortar hierros con la rotaflex y a colocar ladrillos. Al principio lo llevaba con resignación, pero en poco más de dos meses han llegado hasta el tercer piso y los tengo a dos palmos de la ventana. Duermen en la misma obra hasta que la terminan, eso explica que tengan prisa, pero hay veces que se pasan, como aquella vez que un vecino terminó llamándoles la atención a las doce de la noche porque seguían dale que te pego con los ladrillos. Y el descanso dominical, por supuesto, no existe, ni para ellos ni para los vecinos. Si siguen acercándose a mi ventana es posible que terminemos haciéndonos amigos, no descarto ofrecerles un buen desayuno a cambio de que empiecen a darle caña a la rotaflex una horita más tarde.


Vista de la obra desde mi ventana

jueves, 23 de julio de 2009

Etapa contra tapa

Ayer se organizaba una cena multitudinaria en el Pacharán, el restaurante español de Saigón. Tapas a cascoporro y cerveza ilimitada a un precio razonable, una oferta difícil de rechazar en el país del pho (sopa de fideos de arroz). Pero era la etapa reina del Tour y ahora que por fin el amigo Cimbeles me ha enseñado cómo ver la carrera en el ordenador, no me lo podía perder, pesó más la etapa que la tapa. Y después de ver el espectáculo de ayer, estoy seguro de que no me equivoqué, me lo pasé pipa con la valentía de los Schleck, la orgullosa agonía de Armstrong y los navajazos a cara descubierta en el Astaná tras el polémico ataque de Contador en la Colombière.

lunes, 8 de junio de 2009

Visita a la granja de los cocodrilos amorosos


Es probable que los cocodrilos sean los animales más duros del planeta. No por las características de su piel –que también- ni por su aspecto feroz, su mirada amenazante y sus mandíbulas devastadoras. Lo son porque llevan 200 millones de años en este planeta, resistiendo a glaciaciones y extinciones masivas de forma inexplicable. Se fueron los dinosaurios, pero los cocodrilos, que son de la misma quinta, siguieron a lo suyo sin inmutarse. No hay más que mirarles, son los Clint Eastwood de la fauna, no les hace falta mover un músculo para asustar al personal. Y, sin embargo, tienen un tachón en su historial de animal despiadado: se derriten con las canciones de amor.
La pista me la dio una noticia del Vietnam News que hablaba de una granja en la que los ponen canciones de amor a los cocodrilos para que se tranquilicen. Después de una rápida primera visita en la que dimos de comer peces a los bichos con una especie de caña y probamos su carne, de textura similar a la del pollo (¿por qué todo lo raro se parece al pollo?) y sabor a medio camino entre la carne y el pescado, decidí ir una vez más para sacarle algo de jugo a este asunto.
En esa segunda visita a la granja de Hoaca, nos acogió a Nacho y a mí Hung, el presidente de la empresa, que empezó en 1987 con un cocodrilo macho y otro hembra y hoy tiene un imperio de 20.000 reptiles en varias granjas del sur de Vietnam.
“Aprovechamos todo del cocodrilo”, dice con orgullo. En el mismo recinto que la granja está la factoría en la que 60 trabajadores transforman la valiosa piel en zapatos, bolsos, cinturones y monederos.
Toda la carne se aprovecha y con los huesos se fabrican medicamentos contra la osteoporosis. Siguiendo la misma norma básica de la medicina tradicional vietnamita, que viene a decir que de lo que se come se cría, Hung dice que los ojos también son apreciados “porque pueden ayudar a ver debajo del agua”.
Durante las tres horas que duró la visita, nos enseño la fábrica, la guardería que está construyendo para los niños de las trabajadoras, la biblioteca y el gimnasio que tiene previsto hacer para sus empleados, el museo y, por supuesto, los estanques en los que viven amontonados los temibles reptiles, a los que volvimos a dar de comer. Mientras nos lleva por sus dominios, Hung no para de contar anécdotas sobre sus queridos monstruos, como el origen del nombre aligator, deformación del español lagarto. Cuando vemos que los bichos se ponen casi en vertical para tragar la comida, nos explica que utilizan la fuerza de la gravedad para poder ingerir alimentos, no pueden tragar por sí mismos. “Por eso no hay cocodrilos en la luna”, bromea.
La visita termina con los ejemplares más jóvenes, de apenas quince días y que son completamente inofensivos. También pudimos sujetar un huevo de cocodrilo, momento que Hung aprovechó para ilustrarnos sobre la influencia de la temperatura en el sexo del animal: si los huevos se incuban a temperaturas de entre 28 y 31 grados, nacerán hembras y de 31 a 33 grados, son machos los que rompen el cascarón.

Nacho con el huevo
Como colofón disfrutamos de una opípara comida a costa de estos simpáticos ovíparos. Nuestro excelente anfitrión nos invitó a seis platos distintos: rollitos de cocodrilo, cocodrilo al estilo de Saigon, cocodrilo parmesano, cocodrilo al curry, cocodrilo crudo con wasabi y sopa de cocodrilo. Todo, cómo no, acompañado por vino de cocodrilo. Durante la comida, Hung nos comentó que tiene en su menú recetas al estilo de varios países y nos pidió ayuda para un plato al estilo español. Todavía no le hemos respondido. Se aceptan sugerencias.

jueves, 21 de mayo de 2009

Últimas pedaladas de los ciclos


Uno de los emblemas de Saigón y de Vietnam en general son los ciclos, esos encantadores vehículos a pedales en que los guías locales pasean a los turistas. Pues bien, este símbolo tiene los días contados, a partir del año que viene las autoridades de la ciudad prohibirán su circulación para que no obstruyan el tráfico. En su tiempo, cuando la ciudad era un hervidero de bicicletas y la vida transcurría más despacio estas góndolas a la vietnamita alcanzaron una gran popularidad. Aunque siguen los visitantes foráneos siguen utilizándolos, los ciclos se han convertido en un problema para el saturado tráfico de Ho Chi Minh. La ciudad ha cambiado, han florecido los rascacielos en detrimento de los elegantes edificios coloniales y el leve chirrido de las cadenas ciclistas ha dejado paso al atronador petardeo de las motocicletas.
Los ciclos se han convertido en un anacronismo, un vestigio de los viejos tiempos que el Gobierno quiere erradicar, no caben estas concesiones románticas en el nuevo Vietnam. La prohibición, que las autoridades locales ya han retrasado dos veces desde 2007, se extenderá a todos los llamados “vehículos modificados”, generalmente pequeños remolques a los que se adapta un ciclomotor o una bicicleta. Esto significa que afectará a cerca de 60.000 personas en la ciudad, gente cuya subsistencia depende en gran medida de estos vehículos que sirven a muchos vietnamitas para transportar mercancías y luego venderlas en la calle, una práctica muy común. Sólo se librarán los 150 ciclos que pertenecen a empresas turísticas.
A pesar de que desde hace años el tráfico de ciclos está restringido a algunas calles y en determinados horarios (al mediodía y por la noche), el anuncio de la prohibición total ha caído como un jarro de agua fría en un colectivo caracterizado por su precaria situación económica.
Hoang, de 45 años, lleva 18 ganándose el pan a golpe de pedal. En un muy buen día se lleva en torno a 20 dólares, en uno malo, se vuelve a su casa sin un dong (moneda local) que echarse a la boca después de una jornada de 15 horas apostado en una esquina.
“No me gusta la nueva ley, con este trabajo me gano la vida y puedo pagar un colegio inglés para mis dos hijos varones. Dentro de seis meses, seguramente tenga que convertirme en xe-om (taxista en motocicleta), pero para eso tengo que comprarme una moto y además no se gana tanto dinero”, afirma sin tapujos. Una de las razones por las que el Gobierno va a prohibir los ciclos es que trabajan sin ningún tipo de licencia y no pagan impuestos. Pero Hoang se defiende: “A nosotros no se ha dirigido nadie, yo estoy dispuesto a pagar impuestos si es necesario, pero nadie nos ha preguntado nada”.

Hoang con su ciclo

En sus años de conversaciones con los turistas, Hoang ha conseguido aprender inglés, lo que le otorga una innegable ventaja competitiva. Otros, como Tram, que a sus 70 años lleva dando pedales desde que terminó la guerra (1975), sólo hablan vietnamita y sus ingresos son notablemente inferiores. “Gano de media entre 2 y 5 dólares al día, a veces menos, pero es el único trabajo que sé hacer”, dice resignado, sin atreverse a criticar la nueva ley “porque no puede hacer nada”.

Tram pertenece a la vieja generación de conductores de ciclo, la de aquellos que una vez terminada la guerra sufrieron la sutil represalia del Gobierno victorioso por haber luchado junto a los americanos: se les cerró el paso a cualquier empresa pública y no les quedo otra alternativa que dar pedales.
Consciente del drama humano que se esconde detrás de la prohibición, el Gobierno ha prometido ayudas a los conductores que se queden sin trabajo, lo que ha disparado los rumores: muchos creen que recibirán 5 millones de dongs (en torno a 220 euros) por su viejo vehículo. “Todo el mundo habla pero nadie sabe, prefiero no hacerme ilusiones”, dice Nam, otro conductor que lleva 20 años en la profesión y que se queja de la falta de ingresos regulares.
“Llevamos una época mala y he tenido que acudir varias veces a las mafias para tomar dinero prestado”. Nam cuenta que lo de las mafias es bastante habitual y que muchos de sus colegas recurren a ellas cuando están en un aprieto. El interés es del 20% al mes para una cantidad de 500.000 dongs (22 euros), la que él suele pedir. Si no paga, no le matarán, pero se llevará una buena paliza.
“No sé si conseguiré lo suficiente para comprarme una moto cuando prohíban los ciclos, pero de alguna manera tendré que dar de comer a mis tres hijos”, se lamenta.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Segunda animalada

Uno de los pequeños lujos de vivir en Saigón es el desayuno: un plato hasta arriba de fruta fresca troceada: sandía (nada que ver con la de España), papaya, piña y una misteriosa fruta muy dulce cuyo nombre desconozco. Todas las mañanas salgo a comprar la misma ración a un puesto callejero por unos 40 céntimos de euro.
Ayer volvía a casa con mi desayuno cuando me abordó un hombre de aspecto descuidado. Es probable que él supiera quién era yo, todo el mundo nos conoce en el callejón, pero yo no tenía ni idea de quién era él. Soltó una parrafada en vietnamita y me ofreció un bote fabricado con un trozo de tubería en el que había... ¡¡una tortuga!!
Vaya, pensé, quizá conozca mi historia del mono y quiera ayudarme a montar el zoo en casa. El bicho era de tamaño considerable, más o menos como mi mano. Le dije que no, pero él insistía, sin parar de hablar, lo único que le entendí es que no quería dinero. Intenté decirle que no podía ocuparme del animal y que tenía que irme a trabajar, pero no había manera de comunicar.
Al cabo de unos minutos llegó una mujer que hablaba inglés y ejerció de intérprete. El hombre quería regalarme la tortuga porque estaba en paro y no podía ocuparse de ella, no quería dinero. “Mi opinión es que no debe aceptarla, no conoce a este hombre”, dijo la traductora. Le hice caso, no por esas razones, sino porque ya había tenido bastante con la mala experiencia del mono.

viernes, 15 de mayo de 2009

El día que me compré un mono

Lo vi y no me pude resistir, fue un impulso irrefrenable, seguro que lo entendéis viéndolo en la foto de arriba. Me había parado con la moto para ver los animales exóticos de un puesto callejero y cuando una vendedora se sacó un diminuto mono del bolsillo, se fueron a dormir todas las neuronas de mi cerebro: fui a casa para coger dinero (no mucho, unos 12 euros) y volví dispuesto a comprar el animalito. Pero esta vez las astutas vendedoras tenían un nuevo reclamo: la indefensión del cachorro, de apenas un mes. Lo habían colocado con su madre, que medía unos 40 centímetros, y al separarlo era evidente el disgusto de ambos. Dudé, no me parecía bien separar a la cría de su madre, pero estaba demasiado ilusionado como para no comprar al mono, así que me paré unos minutos a pensar si me llevaba conmigo a la madre o abandonaba la idea de la nueva mascota.
Mientras analizaba pros y contras, un hombre paró su moto junto al puesto, dijo que se llevaba a la madre, la metieron en una bolsa de papel de estraza y se la llevó, visto y no visto, quién sabe si lo quería como mascota o para prepararse un guiso. Ya no tenía opción, así que me llevé a esa criatura mínima que cabía en la palma de mi mano. La madre ahora era yo.
El mono, al que bautizamos como Jochi, causó furor en el piso y, aunque mirándolo de cerca descubrí que era tuerto, no parecía en demasiado mal estado, trepaba por los barrotes de su jaula y se dio un paseo por mi habitación. Con algunos problemas conseguí darle plátano machacado, pero no probó la leche. El biberón que compré, el más pequeño de la farmacia, era demasiado grande para él así que lo intenté con una cucharilla, pero apenas tragaba.
Al día siguiente fui al veterinario sin coger hora y no pudo atenderme. Comí en un pequeño restaurante de enfrente cuya dueña quedó prendada con el animal, incluso le dio de comer y colocó unas ramas en la jaula. Se ofreció para cuidar al mono mientras yo trabajaba y le dio toda clase de cuidados durante la tarde.
Por la noche durmió hasta las 4 de la madrugada, cuando me despertaron sus quejidos. No era raro, al margen de que tuviera hambre, mis compañeros Caye y Nacho habían descubierto que esta especie de mono, un loris, es de hábitos nocturnos. Le di algo de leche y la tragó mejor que nunca. Después, lo tuve un rato en la cama, acurrucado en el bolsillo de mi pijama, pero lo devolví a su jaula por miedo a quedarme dormido y aplastarlo. Antes de ir a trabajar le volví a dar la leche y lo dejé tapado hasta el mediodía, cuando regresé para llevarlo al veterinario. Me lo encontré muy débil, apenas se movía y fue a peor, en el taxi dejó de moverse. Cuando por fin me atendió, el veterinario confirmó mis peores presagios: “It’s die”.
Me explicó que es muy difícil que estos animales sobrevivan sin su madre, que en la naturaleza se pasan varios meses pegados al pecho materno, sin separarse un instante. No me consoló ese atenuante, seguía sintiéndome culpable. Loc, compañero de trabajo, también estaba apenado, aunque debió de sentir cierto alivio por que ya no tuviera al animal en casa: “Los vietnamitas no tenemos monos en casa porque existe la creencia de que la queman. Como copian todo lo que hacen los humanos, pueden coger un mechero y prender fuego a la casa”.

lunes, 30 de marzo de 2009

Por los bajos fondos

El sábado, ya de madrugada, a Guille y Juan Carlos les apetecía comerse unos tallarines y les acompañé a un puesto callejero en frente del Go2, que es el último refugio de la noche saigonita, el epicentro de la decadencia. Dentro y fuera del bar deambulan las prostitutas y también los clientes, casi siempre occidentales entrados en carnes que ya no cumplirán los cincuenta. También abundan los niños de no más de ocho años que ponen una estudiada cara de pena al turista para colarle pañuelos o chicles mientras sus madres, que suelen vender cigarrillos, los vigilan a una distancia prudencial. El puzzle de este mercadeo infame lo completan los xe om (mototaxistas) que por la noche se reconvierten en camellos y asaltan al guiri al grito de “marihuana, cocaine, lady massá (masaje con sorpresa), bumbum (muy onomatopéyico)”.
Mientras esperábamos sentados en la calle a que prepararan los tallarines, se sentó a nuestro lado un inglés que cumplía con el perfil del turista putero y sin escrúpulos. Iba solo y como lo tenía detrás apenas pude ver sus lorzas chorreantes de sudor, sólo le oía decir sandeces y soltar algún improperio sobre su ex mujer. Al poco tiempo, una voz femenina le ofreció algo, no recuerdo si eran chicles o pañuelos y él respondió con un sonoro y jocoso “¿bumbum?”, con el descaro del que se sabe anónimo, mientras buscaba complicidad a su alrededor con un amago de carcajada.
No la tuvo, Guille y Juan Carlos, que lo tenían enfrente, le miraban con cara de asco y los dos o tres negros que nos rodeaban no estaban para muchos trotes. Me di la vuelta y me encontré con el pastel, la voz que le intentaba vender chicles o pañuelos no pasaba de 15 años y la acompañaban dos niñas que apenas tendrían ocho, probablemente sus hermanas, que no sé si entendían algo, debían de estar acostumbradas a lidiar con individuos de semejante calaña. La voz de 15 años se excusaba diciendo que ya tenía novio. El guiri alcoholizado y depravado hizo algún otro intento pero la chica insistió en lo del novio, pidiendo perdón a quien la estaba humillando.
Tras su fallido intento de encontrar compañía femenina, buscó la nuestra y al oírnos hablar español, nos preguntó si éramos de Cuba, probablemente había estado allí en su tournée de turismo sexual. No le desanimó nuestra indiferencia, dio por hecho que éramos cubanos (sí, llevaba más de una copa de más) y balbució algo sobre Fidel Castro. Entonces, Guille, que tiene su pronto, estalló: “¿Qué coño hablas de Cuba? ¿De dónde te sacas que somos cubanos? No estamos hablando contigo así que cierra la puta boca y déjanos en paz”. O algo así, pero en inglés. El guiri, que además de depravado era cobarde, miró para otro lado, se levantó sin hacer ruido y arrastró sus lorzas hacia el hotel con la cabeza gacha.

lunes, 23 de marzo de 2009

Mal feeling

Hará cosa de un mes que abrieron el Café Feeling a cincuenta metros de casa. Esto no tiene por qué ser novedoso, en nuestro callejón abren negocios nuevos cada mes; en el tiempo que llevo en Vietnam han visto la luz una juguetería, un par de restaurantes y una tienda de pinturas. Pero el Feeling llegó rompiendo moldes, sabía que aportaba un toque de distinción. En nuestra calle abundan pequeñas tascas en que sirven el equivalente vietnamita al menú del día: una ración de arroz blanco acompañada de carne o pescado, o el phó, uno de los platos nacionales, una sopa con trozos de carne, hojas varias y pasta de arroz, que muchos se meten entre pecho y espalda en el desayuno. Por las mañanas la calle se convierte en mercado y a la puerta de cada comercio colocan improvisados puestos de fruta, carne o pescado (a veces los tres a la vez) que nos regalan cada mañana un olor… digamos que inconfundible. También están las cafeterías como la de Duc, el vecino, con sillitas y mesitas de plástico mugrientas esparcidas por la calle y apetitosos botes de lubricante de moto en las estanterías.
El local de Duc está siempre hasta los topes, ahí suelen pasarse las tardes, entre café y cervezas, nuestros vecinos coreanos. Ahí sentado se pasa el día el propio Duc, desde las siete de la mañana hasta las diez de la noche, sin camiseta, vaciando cervezas y dando conversación al que se acerque, mientras sus cuatro hijas corretean alrededor, su mujer cuida de ellas y prepara los cafés y la abuela ve pasar la vida. El Feeling, que se distingue de todos esos locales por sus elegantes sillas de mimbre y sus delicadas mesas de cristal, su pantalla de plasma gigante, su agradable música ambiental, su limpieza y su wifi gratuito casi siempre está vacío y sus aseados camareros mirando a la calle, mano sobre mano. Tras el fracaso de la anunciada inauguración y de una promoción de espaguetis a la boloñesa, ahora intentan atraer clientela sintonizando los partidos de la Premier League en su enorme televisión. Sigue igual de muerto.
Como me daba pena verlo tan desangelado, hace unos días fui a probar sus tan anunciados espaguetis. Huelga decir que yo era el único cliente. Los camareros fueron encantadores, pasé un rato agradable escuchando versiones instrumentales de los Beatles y me encantó el flan que me dieron de postre, pero los espaguetis dejaban mucho que desear, apenas tenían tomate y comer ahí resultó el doble de caro (3 euros) que en cualquier otra tasca de alrededor. Salí con la sensación de que no iba a volver a menudo.
Unos días después, el callejón vivió una de sus tardes más agitadas desde que estoy aquí por un amago de pelea callejera entre dos jóvenes borrachos. Como los vietnamitas se pasan el día sentados a la puerta de sus casas, no tardó en formarse un grupo de gente alrededor, hasta que dos mujeres echaron a uno de los borrachos. El otro era un vecino que luego se llevó la consiguiente reprimenda. La disputa -no podía ser de otro modo- tuvo lugar frente a la puerta del Feeling, donde estuvieron bebiendo los dos borrachos. Era la puntilla que le faltaba a un local que todavía desentona, al menos en mi calle. Informaré si termina cerrando.