Comentaba el sábado un parroquiano del tenis que estuvo una vez en Londres y que no se sentía a gusto, que la gente no sonríe, todo el mundo va a lo suyo y nadie se preocupa por los de fuera, nadie habla con nadie. "Aquí en Vietnam -decía- casi todo el mundo es amable, intenta ser agradable con los desconocidos y ayudarles en lo que pueda, no pedimos nada a cambio, simplemente somos felices actuando así".
Este mediodía he comprobado una vez más que la hospitalidad y la amabilidad de esta gente son difíciles de superar. He ido a comer a una de las tascas de mi callejón y, como no había sitio, me han sentado en la misma mesa que una joven pareja de vietnamitas.
Se miran el uno al otro y es ella la primera en dirigirse a mí. Su inglés es muy rudimentario y mi vietnamita escaso, pero pasamos un rato agradable, ella es Van y él es Vu. A los pocos minutos, cuando me terminaba mi plato de sopa de cangrejo, el camarero aparece con otra sopa y la pone en mi sitio. "Es para ti, a nosotros nos gusta y queremos que la pruebes", dice Vu.
Con el estómago lleno, me pongo con la segunda sopa y cuando el camarero trae la cuenta de ellos, me dicen que no me preocupe, que también pagarán lo mío. Hago algún amago de impedirlo, pero sé que aquí es de mala educación rechazar estas cosas así que termino aceptando, a cambio de que quedemos otro día y me dejen invitarles a algo. Se van y pienso que sí, que tienen razón mis compañeros del tenis, me cuesta imaginar a un inglés haciendo lo mismo en un pub de Londres. Al menos a un inglés sobrio.
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lunes, 27 de abril de 2009
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