Cuando llegué en mi moto alquilada al pueblo de Ban Ho, donde viven algunas de las minorías étnicas del norte de Vietnam, me asaltó una horda de amables mujeres que se ofrecieron a llevarme a ver una cascada que estaba a un kilómetro de marcha. Como no admitían un no por respuesta, me fui con ellas. Recorrí el camino de la mano de una niña de tres años a la que su madre había enseñado técnicas para enternecer al incauto turista.
Todas estas simpáticas y dicharacheras mujeres, de etnias hmong y zao, no hablan vietnamita, pero sí inglés, algunas lo aprendieron con profesores extranjeros que pasaron un tiempo en la zona y otras fueron acostumbrando su oído al habla de los visitantes. Llegamos a la cascada y se quedaron esperando en las rocas mientras yo hacía unas fotos, listas para dar el zarpazo. Volví y, no sé muy bien cómo, en cuestión de segundos se formó un círculo a mi alrededor con mujeres que no paraban de sacar ropa, bolsos y mantelerías coloridas de sus cestas y me atosigaban al grito de "you buy from me".
Contaba con que tendría que pagar ese peaje, pero fueron tan pesadas que terminaron por colapsarme, compré una pequeña funda de movil (lo más barato que me habían ofrecido) y me escabullí como pude de la marabunta de mujeres y telas. En el camino de vuelta al pueblo, las temibles vendedoras fueron menos dicharacheras y la niña ya no me dio la mano. Les expliqué que no podía comprarles a todas y que ya había cogido muchas en otros pueblos -era cierto- y fueron comprensivas, encontraron una solución a gusto del consumidor: "No hace falta que compres nada, nos puedes dar un poco de dinero a cada una".