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viernes, 11 de septiembre de 2009

Filosofía hawaiana

Desde pequeño tengo una especial aversión por la moda, quizá porque no me gusta que me impongan nada y la idea de que cuatro señores podridos de dinero decidan la ropa que me voy a poner me revuelve las tripas. Sin embargo, como en tantas otras cosas, me he ido atemperando con los años, uno renuncia a algunos principios para adaptarse mínimamente a esta sociedad uniforme y abotargada. La primera vez fue cuando accedí a hacer la comunión vestido de marinero, lo elegí frente al “de calle” por eliminación, al menos el mar desprende cierto aroma aventurero, pero mi idea original era romper las normas y hacerla en chándal, una ocurrencia que mi madre despachó sin pestañear. Ahora creo que no peleé lo suficiente por aquello, esa fue la primera de una multitud de pequeñas renuncias que me han llevado a disfrazarme todos los días con pantalón de pinzas y camisa de manga larga para ir al trabajo. No voy a ser clemente conmigo mismo: soy un mingafría.
Sin embargo, en alguna ocasión dejo que resurja mi lado más auténtico, sin llegar (todavía) a la maestría de algunos vietnamitas que se pasean en pijama sin rubor.

Desde hace años comparto con mi amigo Garrote una fascinación por las camisas hawaianas, cuanto más horteras mejor. Una persona que va por la vida en camisa hawaiana es digna de admiración: significa que le importa un pimiento el qué dirán y transmite una cierta relajación ante la vida. Hace unos meses localicé una tienda en Saigón donde vendían unas camisas que cumplían todos los requisitos que buscaba y me lancé a comprar las más horteras, a dos euros la pieza. Una de ellas se puede ver en este ya premiado vídeo. A mi compañero Cimbeles le corroyó la envidia cuando me vio frecuentar de esa guisa algunos bares de la ciudad y a los pocos días se compró su propio lote. Ya nadie que me conozca se sorprende de verme así, además ya era conocido antes por ir a todos los sitios en pantalón corto y sandalias, pero a algunos incautos les sigue chocando. Una noche que lucía una de mis camisas en el Pacharán, el bar español de la ciudad, tuve una curiosa conversación de urinario con un elegante guiri de unos 50 años que miccionaba a mi lado.
“Bonita camisa”, me espetó con evidente envidia. Terminé de escurrir las últimas gotas, enfundé el arma, y le contesté.
- Gracias. Es una filosofía de vida.
- Bonita filosofía.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Vejiga natatoria

La vejiga natatoria había quedado arrinconada en el cuenco junto a los últimos restos de caldo. Hasta ese día, nunca me había planteado que los peces tuvieran un órgano que controle su flotación, nunca había oído hablar de la vejiga natatoria e ignoraba que ese fuera el nombre del trozo de materia viscosa con pinta de piel de pollo transgénico que había ido apartando cuidadosamente mientras comía la sopa en la cena del año nuevo chino en casa de Alex. Fue su madre quien me explicó todas las virtudes del manjar y me animó a comerlo, al ser el invitado era el único que gozaba de ese privilegio. “Es muy bueno y muy caro, lo hemos comprado en tu honor”. No había salida. Ante las miradas expectantes de toda la familia, enganché la vejiga con el tenedor, me acordé del banquete de serpientes de Indiana Jones en el templo maldito, tragué casi sin masticar. Glubs. “Está bueno”. Y curiosamente lo estaba.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Asentar el conocimiento


Foto tomada en un albergue de Kota Kinabalu, Malasia.

Aunque creamos que lo sabemos todo, nunca está de más que nos ayuden a asentar lo que ya damos por sabido. Por si se nos olvida.

viernes, 16 de enero de 2009

Otro yo

Eric San Juan me agregó ayer como "amigo" en Facebook. Al principio me preocupé. Quizá tuviera un ataque de amnesia y no me acordaba de que me había creado otra cuenta y me había autoinvitado; ya tuve una vez una laguna de memoria, cuando me olvidé del pin del móvil y no pude encenderlo hasta que por la noche se me apareció el número medio en sueños. Pero me convencí de que olvidarme de eso era demasiado, además de que era absurdo crearse otra cuenta en Facebook, así que deduje que Eric San Juan no era yo aunque yo sí fuera Eric San Juan.
Todavía con una sombra de duda, accedí a hacerme "amigo" de mi homónimo y crucé los dedos cuando entré en su perfil. Por suerte, se confirmó que Eric San Juan era otro, aunque descubrí que, como yo, es periodista, es el editor de seis revistas en el estado de Nueva Jersey, donde vive con su mujer y su hijo. En sus ratos libres escribe, lo más reciente es un libro sobre Hitchcock que me han dado ganas de comprar. Si hasta se parece un poco a mí.

martes, 28 de octubre de 2008

Bigfoot


Como buenos consumidores de ficción americana, todos conocemos el mito del Bigfoot, el legendario homínido de pies grandes cuya guarida se esconde en algún bosque o monte de Estados Unidos. Aquí yo debo de ser algo parecido. El domingo me recorrí varias zapaterías del centro en busca de unas playeras. En todas me mandaron con cajas destempladas en cuanto me vieron el pie, un 45, que no es para tanto. Lo más cercano que encontré fue un 43. De aquí a unos meses me veo descalzo, quizá errante por las montañas de Vietnam y convertido en leyenda.

domingo, 19 de octubre de 2008

Si viene la ola, corre

El secreto está en la sencillez. En estos tiempos de sociedades atribuladas no está de más que nos den un manual de instrucciones para todo, por muy simple que pueda parecer porque estamos perdiendo la capacidad de hacer la elección más sencilla. Pongámonos en situación: estamos disfrutando de un baño en la playa de Vun Thau, a una hora de Saigón. Por megafonía avisan de que se acerca un tsunami. Que haya megafonía en una playa de Vietnam es una suposición aventurada, pero vamos a darle un voto de confianza. La primera vez no lo entendemos porque lo dicen en vietnamita, pero con un poco de suerte habrá una segunda vez para los angloparlantes, e incluso una tercera para los rusos, porque este pequeño pueblo costero está lleno de turistas rusos. ¿Qué hacer en ese caso? Muy fácil. Correr.

jueves, 16 de octubre de 2008

De insectos y retretes

Voy a ser claro, quiero audiencia. Como espectador televisivo avezado, sé lo que el público quiere: caca, culo, pedo y pis. Y como me vendo por un puñado de lectores, se lo voy a dar. Habrá mil otros temas interesantes sobre la vida en Vietnam, seguro, pero yo soy así de básico y de momento voy a hablar de retretes, urinarios y bichos repugnantes. Quién sabe, quizá me convierta en el John Waters de la blogosfera.
La cucaracha de arriba, por ejemplo, es uno de los primeros seres que conocí en este país. No es que nos hiciéramos amigos,no fui muy simpático con ella. Había invadido el baño de mi habitación de hotel pero, mala suerte, había volcado y no podía darse la vuelta. No tuve más remedio que agarrarla con delicadeza por una pata y tirarla por el retrete.
Y ahí quería yo llegar. A los retretes. Para conocer un país es necesario, con perdón, saber cómo cagan y mean sus gentes. Aclaro que no he comprobado cómo proceden los autóctonos vietnamitas, pero las instalaciones con las que he ido topándome han dejado algunas pistas.
Empecemos por los urinarios masculinos, que siempre queda más ligero que meternos en harina con el retrete puro y duro. Aquí, lo primero que llama la atención es la altura a la que están colocados, lógico, si se tiene en cuenta la estatura media vietnamita. Podía esperármelo antes de llegar y no supone una gran molestia. También es sorprendente, aunque no chocante, que algunos contengan un gran bloque de hielo o estén llenos de bolas de naftalina. Con lo que no contaba es con que en algunos sitios,la micción pasara del urinario a una tubería que desemboca en ... ¡¡¡el suelo del baño!!! Eso sí, en un rincón y al lado de un desagüe muy apañado.
Pero, bien pensado, tampoco es tan grave. Además, algunos establecimientos ofrecen posibilidades que nunca había imaginado, como la de evacuar aguas mientras se mira tranquilamente por el balcón. No se puede negar que es un punto a favor, que tome nota el sector de la hostelería para hacer frente a la cacareada crisis.

Y ahora que ya nos hemos hecho a los livianos urinarios con vistas a la calle podemos dar el gran salto a los retretes. Nada nuevo en la forma de apoyar las posaderas, nada de hacer malabares ni de ejercitar los músculos posteriores del muslo más de lo debido. La diferencia radica en la forma de limpiarse. Creo que habrá un consenso general en que el papel higiénico es un invento mejorable. Siempre me lo ha parecido. Hay veces en que por mucho insistir no resulta del todo eficaz, ya me entendéis. Siempre había pensado que debía de haber una forma mejor y menos contaminante. Y estaba en lo cierto.
El ojo observador habrá notado que a la izquierda de este trono cuelga un pequeño artilugio. Creía que era un sustituto de la escobilla, pero no. Cuando uno ha terminado de deponer, coge esa especie de mini ducha, la coloca en el lugar adecuado y un pequeño chorro deja todo limpio y sin irritaciones. Una maravilla. Desde aquí proclamo que el papel higiénico y yo hemos terminado. Al menos en los próximos doce meses.