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martes, 13 de abril de 2010

Carretera de maíz

Durante el verano filipino (abril-mayo), los agricultores ponen a secar los granos de maíz al sol, como se ve en la foto de arriba tomada en la región de Pampanga, a unos cien kilómetros al norte de Manila. En Vietnam había visto lo mismo con los granos de arroz, colocados al borde de la carretera, pero aquí no se cortan un pelo y la cubren entera, sin importarles que pasen los coches por encima porque, dicen, es para los pollos. Comos se descuiden, con el calor que tenemos aquí estos días, se convierten en palomitas.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Perrito caliente

Ya vimos aquí que los cocodrilos tienen la carne tan tierna como las canciones que escuchan. En estos meses en Vietnam también he tenido mis devaneos con la carne de serpiente -que estaba tan desmigada y mezclada con especias que no sabría decir a qué se parece- y hasta con huevos de codorniz fecundados y con feto dentro. Tampoco olvidaré el episodio de la aleta natatoria, que estaba mucho más rica de lo que dejaba adivinar su aspecto. En el debe quedan los saltamontes que me ofrecieron en Camboya y que rechacé (dije) por no tener suficiente hambre.
Pensé que tendría otra oportunidad de hacerme insectívoro, pero no se me presentó y es posible que me quedaran remordimientos. Quizá por eso, o directamente porque me va el rollo, acepté con cierto entusiasmo la siguiente invitación de comida rara. La visita de los becarios de Manila sirvió hace unas semanas de excusa perfecta para saldar una de mis deudas pendientes con el país: comer perro.
Antes de que se me echen encima las avocaciones pro perrunas, aclararé que no tengo perro pero sí lo he tenido y, sin caer en tópicos, es de los mejores amigos que nunca tuve. Y sería incapaz de matar a uno. Del mismo modo, sería incapaz de sacrificar a un corderito como al que han condenado unos niños ingleses, pero soy el primero en hincharme en una buena corderada. Es decir que soy bastante inconsecuente y algo hipócrita. Lo de comer perro al menos me da un mínimo de coherencia. Además, puedo usar el argumento de los vietnamitas sureños para justificar su afición: sólo se comen una raza. En el norte, quizá porque siempre fueron más pobres, tienen menos remilgos y afirman sin rubor que comen canes de cualquier tipo. De hecho, la carretera de Hanoi a la bahía de Halong, quizá el mayor reclamo turístico del país, está plagada de carteles que anuncian carne canina.
En Saigón nos costó más encontrarla. Sabíamos a qué zona teníamos que ir pero no el lugar exacto. Cuando estábamos a punto de desistir ante las indicaciones confusas de los lugareños, pregunté casi sin esperanza a un hombrecillo que nos llevó por el callejón más estrecho y oscuro que he recorrido nunca al templo culinario canino. Antes de subir al comedor echamos miradas furtivas a la cocina y aguzamos los oídos por si se escuchaban ladridos, pero no había señal. Podrían servirnos carne de ornitorrinco y nos quedaríamos igual, hasta que la foto del menú apagó todas las dudas.
Pedimos cinco platos al azar: una especie de rosbif, muslitos, morcillas, carne guisada e hígado. Las morcillas fueron las más apreciadas y el hígado lo más denostado, pero ninguno es un palto con pedigrí. Simplemente es comestible, pero de verdad que repetir no vale la pena que da el perrillo. Otra cosa es el cordero...

jueves, 11 de junio de 2009

Brinco de la mujer occidental

En Vietnam no conocieron el baile hasta que lo trajeron los franceses hace unos 150 años. Cuando los colonos galos organizaban fiestas en que las parejas terminaban moviéndose al son de la música, los lugareños se debieron de sorprender mucho. Bautizaron esa curiosa práctica como “brinco de la mujer occidental”, nhay dam, y ese nombre le ha quedado al baile hasta nuestros días. Esta anécdota que nos contó Hoang, nuestro profesor de vietnamita, es reveladora.
El baile sigue siendo algo no del todo bien visto en algunos círculos del país, que lo consideran un contaminación traída por los extranjeros. Existen las academias, pero están prohibidas las salas de baile como tal. En las discotecas y lugares de ocio nocturno, las mesas tienen que estar estratégicamente repartidas de modo que no quede demasiado espacio para una costumbre tan poco recomendable. Así lo ordena la ley. Esto se debe a una extraña asociación de ideas del Partido según la cual el que baila tiene más boletos para caer en las drogas. Siguiendo esta lógica, el Gobierno estudia una nueva medida anti drogas: prohibir el baile en las salas de karaoke, donde al parecer circulan pastillas de éxtasis y anfetaminas.
Dice el Ministerio de Cultura que "la función de los bares de karaoke es cantar, no bailar" y que si se aplicara la medida"solamente estaría permitido moverse levemente al son de la música". Nada de brincos.

viernes, 3 de abril de 2009

Obligan a sus hijos a fumar para ganar apuestas

De vez en cuando, en los periódicos vietnamitas se encuentran historias asombrosas como la del pueblo de Phu Hoa, en una provincia del delta del río Mekong, al sur del país. Según cuenta el periódico Than Nien News, esta aldea rural está en la ruina desde que allí se instaló el virus del juego.
Los habitantes de Phu Hoa viven obsesionados con el so de, un juego de apuestas basado en los premios de la lotería estatal. Muchos padres obligan a sus hijos pequeños a fumar porque creen que el número premiado aparecerá dibujado en el filtro del cigarrillo si es consumido “por un alma inocente”. Llevan a los niños, que a veces no pasan de cinco años, a los cementerios y allí les obligan a fumar para que los espíritus les revelen cuáles serán los números premiados.
Esta fiebre ludópata, que ha llevado a la aldea a la ruina, comenzó en 2006, cuando algunos de sus habitantes resultaron premiados y el juego se popularizó. Pero después de los primeros meses, la suerte cambió y los corredores de apuestas comenzaron a reclamar su dinero por lo que los habitantes de esta aldea rural tuvieron que vender sus casas y las cosechas con el fin de pagar sus deudas de juego.
El virus ya había infectado a la ciudad, habia destrozado familias y sumido al pueblo en la ruina. Según la información del periódico, el salario medio diario en la aldea es de 1,13 dólares, una miseria que muchos se gastan directamente en el juego.
Un dirigente del Gobierno provincial, que prefirió guardar el anonimato, explica que "muchos habitantes de Phu Hoa son adictos al "so de" y no pueden dejarlo"."Sólo piensan en cuáles serán los números premiados y todo porque ganaron hace tres años", dice.
El periódico cuenta el caso concreto de cuatro mujeres que fueron al cementerio a visitar la tumba de un familiar enterrado tres días antes. Una de ellas llevó con ella a su hijo de cinco años y le obligó a fumarse un pitillo. El niño empezó a toser y a llorar y se quejó de que estaba enfermo, pero las mujeres le intentaban engatusar prometiéndole pasteles y juguetes si seguía fumando. La madre alegó que el muerto quería mucho al niño y le revelaría el número premiado.
El artículo también recoge el testimonio de Quy, un niño de 9 años que cuenta que le mandan a él y a sus amigos ir al cementerio con comida para los muertos y les piden que les pregunten por los números agraciados.
La enfermedad llega a tal punto que un padre adicto al so de cuenta que se alegra cuando sus hijos se pelean. "Si sangran, ganaré", afirma convencido de que el color rojo trae buena suerte.