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jueves, 9 de julio de 2009

Alardeando en Jotximin

Don Basilio Lakort ha vinculado este blog con el título de hoy. Y no podía ser más apropiado: he terminado hablando del Alarde de San Marcial, la fiesta patronal de Irún, en la feria de máquina herramienta que se celebra estos días en Saigón. Aunque normalmente no me encargo de estas cosas, mis jefes me enviaron al evento para ver qué daba de sí y saludar a los empresarios españoles que han venido hasta aquí. En el stand de Fagor y me dirijo a la única persona de ojos no rasgados. Después de un breve diálogo en torno a tornos y fresadoras, le digo, sospechando que era guipuzcoano, que soy de Irún. Se queda parado dos segundos y me mira de manera cómplice:

-¡Yo también soy de Irún!

Hablamos de la ciudad y enseguida sale el tema de San Marcial, que se celebró la semana pasada. "Ahora le estaba intentando explicar a mi agente vietnamita lo del Alarde, que vamos con escopetas y tambores por la calle, estaba alucinado y no entendía nada... Oye, tú no eres el que escribiste un artículo en el periódico ése, me suena tu cara". No sólo era de Irún sino que había leído un artículo mío la semana anterior, me encargaron un pequeño texto para un suplemento de fiestas que hace desde el año pasado Noticias de Gipuzkoa y junto a la firma aparecía un pequeño retrato mío con boina roja. El colmo de la casualidad hubiera sido que desfiláramos en la misma compañía, pero él es de San Miguel y yo del Real Unión.

Con el compañero Pablo unas horas después del Alarde.

viernes, 3 de julio de 2009

Decíamos ayer...

Espero que quede alguien ahí fuera después de este periodo de silencio. La culpa, además de mi natural vagancia, la han tenido mis diez días de vacaciones en Irún entre reencuentros y festejos, en los que he tocado el ordenador lo menos posible. Cuando el 19 de junio llegué a casa después de nueve meses, tuve la extraña sensación de que nada había cambiado. Eso a veces es bueno y a veces es nefasto y te amarga la alegría de los reencuentros. Y casi siempre da gusto porque la familia y los amigos que dejaste al irte siguen haciendo este mundo un poco más habitable.
Los cambios son buenos sobre todo cuando eso significa terminar con un maleficio que ya pesaba demasiado. El Real Unión miró de frente a su historia y cuajó un partidazo contra el Alcorcón para subir a Segunda, después de dos eliminaciones sangrantes en los últimos años y el reciente chasco ante el Cádiz. Viví el partido a lo grande en la grada de Gal, aunque seguro que mi vecino hubiera preferido que siguiera en Vietnam porque celebré el segundo gol con tanta pasión que al saltar le di un codazo en el ojo. Y es que subir a Segunda puede costar un ojo de la cara. Sufrió los dos o tres días siguientes, pero dice que ya está bien. Nos había presentado cinco minutos antes un amigo común y no paré de encontrármelo por la calle en los días siguientes, sospecho que me seguía para vengarse en cuanto me viera bajar la guardia.
Codazos al margen, Irún vivió una fiesta y adelantó los sanmarciales y esa es una de las causas de la inactividad de este blog. Tarde, pero el acontecimiento merecía la mención. Además, en estos días en casa he ayudado a un par de amigos tan ociosos como yo a llevar al cine a nuevas cumbres. Un sugus para el que adivine dónde fue rodado este simpático esperpento, candidato a ganar un scooter en un misterioso concurso francés.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Fútbol

A veces, cuando se limpia esa purpurina y queda desnudo, el fútbol es así de grande. Pablo, que en su vida habrá visto tres o cuatro partidos completos, estuvo allí, invitado por su jefe madrileño, retransmitiéndolo en directo por mail, rodeado de madridistas y celebrándolo sin complejos mientras recordaba las historias de su abuela. Mi hermano, que a sus 15 años lleva las cicatrices de dos frustrantes ascensus interruptus, vivió en Chamartín una de las noches más mágicas de su vida y saltó y gritó como un loco con el gol de Romo, más incluso que minutos antes con el de Abásolo y con el de Salcedo. También gritó, esta vez de rabia, y seguro que tuvo ganas de llorar pero no lloró cuando el Madrid remontó y parecía que la lógica iba a poder con los sueños. De Madrid salieron de vuelta tres autobuses llenos de aficionados que por unos minutos se olvidaron de todo menos de disfrutar. Y dicen que en Irún, en cuanto el árbitro pitó el final, sonaron cohetes y bocinas, y la Plaza San Juan se inundó de gente y la ciudad fue feliz. El fútbol.

Esta vez no lo seguí en directo, me traicionaron el sueño y la alarma del móvil y no me desperté hasta las cinco de la mañana, recién terminado el partido. Fui con cierto temor a la página de Marca, tenía más miedo que fe. Por eso lo primero que vi fue un cuatro, no leí los titulares catastrofistas, sólo un cuatro enorme junto a la palabra Madrid. Después vi el tres y volví a tardar unas décimas de segundo en darme cuenta, en pensar que no podía ser, en dar una palmada inconsciente y levantar los brazos mientras mi cerebro terminaba de asimilar que el Real Unión había eliminado al Real Madrid de la Copa. Ni que fuera tan raro. http://www.marca.com/edicion/marca/futbol/1a_division/real_madrid/es/desarrollo/1183302.html

viernes, 31 de octubre de 2008

Euforia en silencio

Sí que me volví a preguntar qué pinto en Vietnam, pero no perdí demasiado tiempo en lamentarlo tan ocupado estaba en disfrutar. Esta vez, el gol de la victoria no lo metió Echeveste sino Goikoetxea, como ya profetizó alguno el otro día. Se llenó el campo, salimos en tromba, apoyó el público de la manera tranquila que apoya el público en Irún y jugó el Real Unión de la manera que juega el Real Unión. Y a 10.000 kilómetros de distancia, me desperté pasadas las 3 de la mañana y puse la radio por internet (bendito internet) cuando ya íbamos ganando. En mi cuarto a veces se pierde la señal, así que tuve que salir a la escalera, donde me acomodé con el ordenador en el regazo. Allí, sentado en un peldaño y casi a oscuras, con cuidado de no despertar a mis compañeros, canté en silencio los demás goles de mi equipo y celebré, también en silencio, dando puñetazos al aire, el pitido final. Intercambié algún mensaje y, con una euforia amortiguada por la distancia y el sigilo obligado, volví a la cama pasadas las cinco de la mañana y dormí apenas dos horas soñando con los goles que no había visto pero que no olvidaré.

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Hoy toca deleitarse con algunas crónicas, sobre todo las de los medios madridistas. Me han gustado mucho dos artículos del As.

http://www.as.com/futbol/articulo/futbol-honor-bisabuelos/dasopi/20081031dasdaiftb_33/Tes

http://www.as.com/opinion/articulo/copa-viejo-querido-real-union/dasopi/20081031dasdaiopi_4/Tes

También da gusto que hablen de nosotros en el extranjero.

http://www.lequipe.fr/Football/breves2008/20081030_225748_le-real-se-fait-surprendre_Dev.html

jueves, 30 de octubre de 2008

¿Qué pinto en Vietnam?*

Hoy es uno de esos días en que me pregunto qué pinto yo aquí. ¿Qué hago en Vietnam si el centro del universo está a cinco minutos de mi casa, en Irún? Sí, ya, lo de la experiencia única, el descubrimiento de un país y una cultura nuevas, conocer gente, perderme por parajes impresionantes y todo ese rollo de la oportunidad profesional, el futuro y las puertas que te abre una beca como la que estoy disfrutando este año en Vietnam. Sí, sí, lo que quieran, pero me sigo preguntando qué hago aquí, si hoy tendría que estar a miles de kilómetros de distancia, si hoy, muchos años después, el mejor equipo del mundo se enfrenta al Real Madrid en el Stadium Gal. No es la primera vez. Ya les ganamos una final de Copa en 1918, y otra en 1924, cuando Echeveste metió el gol de la victoria (en la foto), y tres años más tarde, aunque esta vez en semifinales, cuando volvimos a ser campeones. Me acuerdo como si fuera ayer, aunque no hubiera nacido, porque crecí escuchando las historias que contaba mi bisabuela, la abuela Nati, de cómo Irún se paralizaba y la carretera de Amute se llenaba de automóviles en aquellos años en que ver uno era un acontecimiento, de la destreza de René Petit o de la agilidad bajo los palos de Antonio Emery. Y de mi historia favorita, la de los fanfarrones argentinos de Boca Juniors, que después de una gira gloriosa por los mejores campos de Europa salieron goleados por un alegre grupo de humildes pero excepcionales futbolistas a los que habían menospreciado unas horas antes. Y también, claro, de las ya inmortales canciones de aquel inspirado parrandero irunés llamado Peio Bixente, al que mi abuela nunca reconoció su vitola de trovador oficial de los años gloriosos porque "sólo era un borrachín". No sé, quizá por todo eso y por esa parte intangible que hace al fútbol tan grande, esta noche, cuando aquí la madrugada esté ya más que avanzada, estaré pendiente de Internet y del teléfono, de la fiesta de Gal, y empujaré lo que pueda. Y cuando el árbitro pite el final y el estadio explote de júbilo y el marcador diga que sí, que hemos ganado al Madrid, me volveré a preguntar qué pinto yo aquí, en Vietnam, a 10.000 kilómetros del centro del universo.

*Artículo publicado en la edición de Noticias de Gipuzkoa del 30 de octubre